*Prohibido ser mujer

    En 1804, Napoleón Bonaparte se consagró emperador y dictó un Código Civil, el llamado Código Napoleón, que todavía sirve de modelo jurídico al mundo entero.

    Esta obra maestra de la burguesía en el poder consagró la doble moral y elevó el derecho de propiedad al más alto sitial en el altar de las leyes.

Las mujeres casadas fueron privadas de derechos, como los niños, los criminales y los débiles mentales. Ellas debían obediencia al marido. Estaban obligadas a seguirlo, dondequiera que fuese, y necesitaban su autorización para casi todo, excepto para respirar.

    El divorcio, que la revolución francesa había reducido a un trámite simple, fue limitado por Napoleón a las faltas graves. El marido se podía divorciar por adulterio de su esposa. La esposa solo se podía divorciar si el entusiasta había acostado a su amante en el lecho conyugal.

    El marido adúltero pagaba una multa, en el peor de los casos. La esposa adúltera iba a la cárcel, en cualquier caso.

    El Código no otorgaba permiso para matar a la infiel si era sorprendida en falta. Pero cuando el marido traicionado la ejecutaba, los jueces, siempre hombres, silbaban y miraban para otro lado.

Estas disposiciones, estas costumbres, rigieron en Francia durante más de un siglo y medio.

*Las edades de Juana la Loca

    A los dieciséis años, la casan con un príncipe flamenco. La casan sus padres, los Reyes Católicos. Ella nunca había visto a ese hombre.

    A los dieciocho, descubre el baño. Una doncella árabe de su séquito le enseña las delicias del agua. Juana, entusiasmada, se baña todos los días. La reina Isabel, espantada, comenta: Mi hija es anormal. A los veintitrés, intenta recuperar a sus hijos, que por razón de estado casi nunca ve. Mi hija ha perdido el seso, comenta su papá, el rey Fernando.

    A los veinticuatro, en viaje a Flandes, el barco naufraga. Ella, impasible, exige que le sirvan la comida. ¡Estás loca!, le grita el marido, mientras patalea de pánico, metido en un enorme salvavidas. A los veinticinco, se abalanza sobre unas damas de la corte y tijera en mano les esquila los rizos, por sospechas de traición conyugal.

    A los veintiséis, enviuda. El marido, recién proclamado rey, ha bebido agua helada. Ella sospecha que fue veneno. No derrama una lágrima, pero desde entonces viste de negro a perpetuidad. A los veintisiete, pasa los días sentada en el trono de Castilla, con la mirada perdida en el vacío. Se niega a firmar las leyes, las cartas y todo lo que le traen.

    A los veintinueve, su padre la declara demente y la encarcela en un castillo, a orillas del río Duero. Catalina, la menor de sus hijas, la acompaña. La niña crece en la celda de al lado y por una ventana ve jugar a otros niños.

A los treinta y seis, queda sola. Su hijo Carlos, que pronto será emperador, se lleva a Catalina. Ella se declara en huelga de hambre hasta que regrese. La atan, la golpean, la obligan a comer. Catalina no vuelve.

    A los setenta y seis, al cabo de casi medio siglo de vida prisionera, muere esta reina que no reinó. Llevaba mucho tiempo sin moverse, mirando nada.

    Fuente: Eduardo Galeano

 

   

   

   

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