

Hoy escribo la ginesería número trescientos –cinco años y medio o 300 semanas- brindando a mis lectores un tema algo más serio que los que acostumbro a tratar en estas divagaciones que comencé hace seis años, después de la muerte de Pilar, cuando ya me empinaba por los 84 años.
Ahora me acerco a los noventa en unos meses más. No estoy seguro si se agotarán antes los temas disponibles o mi disponibilidad para seguir escribiendo. Esta de hoy podría ser el marco referencial que anima las doscientas noventa y nueve anteriores.
Uno de los problemas de mayor gravedad que a todos nos aqueja es el buen comportamiento personal, familiar y social al que estamos urgidos racionalmente, todos los habitantes del planeta. Desde que existimos y obtenemos el certificado “del uso de razón”, actuamos y nuestras actuaciones generan necesariamente consecuencias personales, familiares y sociales. Si no actuamos bien, fallamos y si actuamos bien, acertamos. Aceptada esta realidad indesmentible de la que somos absolutamente responsables, corresponde afirmar que para poder presumir que somos personas confiables, debemos cumplir, al menos tres condiciones. La primera se llama integridad y rectitud personal, la segunda, responsabilidad familiar y finalmente compromiso social.
Una persona que no ejercita virtudes, – grandes y pequeñas- que le identifican como persona que busca la verdad, que obra el bien y que es capaz de gozar con la belleza, difícilmente podrá ser un individuo éticamente responsable de su familia de ascendientes, descendientes y colaterales. No se puede ser buen padre, madre, hijo e hija si previamente no se es buena persona. Así de simple y lógico. Finalmente, una persona que no es buena en solitario ni en familia o grupo de pertenencia, difícilmente podrá ejercer de conductor social, de servidor de los demás o de constructor de una sociedad pacífica, próspera, buena y hermosa.
La ética o moral que todos tratamos de apreciar como tarea de primera necesidad es simplemente y nada menos que la puesta en práctica cotidiana de acciones rectas y el mantenimiento de hábitos que nos perfeccionen personal, familiar y socialmente. Todo unido, sin excepción y al mismo tiempo.
Invito a hacer un test de calidad moral o ética, aplicable principalmente a los mayores: ¿Podría una autoridad política, magisterial, comercial o religiosa poseer espíritu ético, si no tiene igual conducta con su familia y consigo mismo? La ética es la guinda final de toda filosofía. Saber y practicar. Para Aristóteles la ética se transforma en felicidad. Para Kant se transforma en deber o responsabilidad total. Si unimos ambos pensamientos tenemos la ética universal. La lógica y la ética se encuentran entre el supremo bien propio y la responsabilidad ante lo ajeno.