No es metáfora. Hace solo unos días la NASA nos confirmó que unos restos mortales de satélite le vinieron a caer en la casa a un tranquilo vecino de La Florida, en California. Penetró el techo y dos pisos hasta llegar al suelo de su morada. Añadió la agencia del espacio que no es seguro que no sigan cayendo objetos que dejan de volar en diferentes órbitas alrededor del planeta, por lo que habrá que estar atentos al cielo, mirando de vez en cuando, por otras chatarras de satélites en desuso, no se nos vengan encima calladamente.

    Sin ánimo de asustar a nadie, aunque sí de prevenirles, debemos saber que nos orbitan en buen estado unos cinco mil satélites, de los que unos dos mil ya están inservibles dando vueltas y se contabilizan unos 17.000 pedazos de metal que por el momento siguen girando a distintas alturas y por distintas franjas de la tierra a las que habrá que observar de vez en cuando, porque algún día se pueden precipitar sobre nosotros, al no disolverse al entrar en nuestra atmósfera.

    Tendremos que empezar a pensar en cómo protegernos de esta nueva posible plaga que, de repetirse, podría dar cuenta de nuestras ya amagadas vidas en este mundo abigarrado de artefactos que, si bien nos sirven o sirvieron, pueden traer consigo la fatalidad de una no solicitada eutanasia.  Creo yo que si a uno le cae un tubo de acero desde esas alturas y a esas endiabladas velocidades, no alcanzaría a darse cuenta de que ha sido eliminado de la carrera vital. No estoy seguro si un sombrero, una boina o un casco ligero podrían protegernos con cierta seguridad de tan violento chatarrazo. Tendremos que mirar al cielo con más frecuencia, mientras caminamos por tierra, cielo y mar, porque si nos encuentra desprevenidos, morimos aplastados, agujereados o anonadados por semejante artefacto.

    Como soy de naturaleza optimista, pienso que no nos haría mal mirar un poco más hacia el cielo y encaramarnos más allá de los satélites artificiales, reencontrarnos con los planetas y las galaxias y, con cierta seguridad que nos acordaremos de Dios que las creó para nosotros, aunque es cierto que nosotros siguiendo sus instrucciones fuimos capaces de poner satélites hechos por nuestras manos a honra y gloria de la inteligencia que él mismo nos dio.  Parece que los satélites de Dios son más seguros que los nuestros. Puede que más segura que un casco sería una breve oración a Dios que podría decir: “De la chatarra espacial, líbranos, Señor”                                                                                                                                     

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