

Estoy seguro que usted también lo piensa y lo dice, aunque no siempre lo haga: No hay que robar nunca. Y también estoy seguro que usted reconoce esta norma igual para todos por aquello de “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Y me atrevo a sostener que hasta los cacos más empedernidos, cuando entran en reflexión interior, si les alcanza el tiempo para ello, deben concordar con nosotros en que no hay que robar, porque está mal y punto. En la conciencia, más o menos en uso en unos y otros, el robar cualquier cosa y a cualquier persona, está mal siempre, sin importar la cantidad y las circunstancias.
Sin embargo, y no es problema exclusivo nuestro, en los cinco continentes y con seguridad en los más de doscientos cincuenta países que están reconocidos en el planeta, se roba todos los días y en todos los niveles, desde el pequeño hurto en el almacén, el asalto veloz de la cadena o el celular, hasta llegar al desfalco, la usurpación de los bienes de todos y por cierto a los asaltos a mano armada premeditados y perfectamente ejecutados. ¿Cuántos miles de automóviles, cajas fuertes, casas con o sin habitantes son apropiados por ajenos en la calle o en las viviendas? Pero lo que más impresiona es constatar que miles de personas comunes y corrientes birlan especies en supermercados ante la vista y paciencia de otros miles y muchas veces ante la atenta mirada de sus hijos pequeños.
Siendo todos conscientes de que cualquiera de los modos referidos de apropiarse de lo ajeno es algo que no debe hacerse, que está mal, que es perfectamente punible tanto por la ley como por la propia conciencia, ¿por qué ocurre con tanta liviandad y con tanta frecuencia?
La respuesta está fácilmente disponible entre los principales educadores de la juventud, es decir en los padres y en los maestros. Si padres y maestros no hacen un esfuerzo cotidiano por mantener el orden racional de las cosas, el robo de toda laya no tiene más remedio que seguir prosperando. No nos servirá de nada reclamar ante las autoridades y ante la policía. Lo único que pueden hacer unos y otros es aplicar la norma a fuerza de leyes y de multas.
Ni lo uno ni lo otro se ha mostrado verdaderamente eficaz. El que delinque se abanica con las leyes y trata de que no le pillen los policías. Siguen robando a destajo, mientras los padres y los maestros no se atrevan a corregirlos como corresponde a unos y a otros, vale decir con afecto, pero también con exigencia.
Un sabio consejo para todos los educadores debiera declarar esta sencilla sentencia de sentido común: No robes ni permitas que te roben. No robes nunca para que los demás te respeten, admiren y puedan imitarte. Nunca, nada, ni lo más insignificante. Piensa y actúa en consecuencia. Si no te gusta que te roben ¿por qué robas?