

> Breve historia del vino
Dudas razonables nos impiden saber si Adán fue tentado por una manzana o por una uva. Sí sabemos, en cambio, que hubo vino en este mundo desde la Edad de Piedra, cuando las uvas ya fermentaban sin ayuda de nadie.
Antiguos cánticos chinos recetaban el vino para aliviar las dolencias de los tristes.
Los egipcios creían que el dios Horus tenía un ojo de sol y otro de luna, y el ojo de luna lloraba lágrimas de vino, que los vivos bebían para dormirse y los muertos para despertarse.
Una vid era el emblema del poder de Ciro, rey de los persas, y el vino regaba las fiestas de los griegos y de los romanos. Para celebrar el amor humano, Jesús convirtió en vino el agua de seis tinajas. Fue su primer milagro.
> El rey que quiso vivir siempre
El tiempo, que fue nuestra partera, será nuestro verdugo. Ayer el tiempo nos dio de mamar y mañana nos comerá. Así es nomás, y bien lo sabemos. ¿Lo sabemos?
El primer libro nacido en el mundo cuenta las aventuras del rey Gilgamesh, que se negó a morir.
Esta epopeya pasó de boca en boca, desde hace unos cinco mil años, y fue escrita por los sumerios, los acadios, los babilonios y los asirios. Gilgamesh, monarca de las orillas del Éufrates, era hijo de una diosa y de un hombre. Voluntad divina, destino humano: de la diosa heredó el poder y la belleza, y del hombre heredó la muerte. Ser mortal no tuvo para él la menor importancia, hasta que Enkidu, su muy amigo, llegó al último de sus días.
Gilgamesh y Enkidu habían compartido hazañas asombrosas. Juntos habían entrado en el Bosque de los Cedros, morada de los dioses, y habían vencido al gigante guardián, cuyo bramido hacía temblar las montañas. Y juntos habían humillado al Toro Celeste, que con un solo bufido abría una fosa donde caían cien hombres.
La muerte de Enkidu derrumbó a Gilgamesh, y lo aterró. Descubrió que su valiente amigo era de barro, y que también él era de barro. Y se lanzó al camino, en busca de la vida eterna. El perseguidor de la inmortalidad vagó por estepas y desiertos, atravesó la luz y la oscuridad, navegó por los grandes ríos, llegó hasta el jardín del paraíso, fue servido por la tabernera enmascarada, la dueña de los secretos, alcanzó el otro lado de la mar,
descubrió al barquero que sobrevivió al diluvio, encontró la hierba que daba juventud a los viejos, siguió la ruta de las estrellas del norte y la ruta de las estrellas del sur, abrió la puerta por donde entra el sol y cerró la puerta por donde el sol se va. Y fue inmortal, hasta que murió.
> Amarillo
El río más temido de China se llama Amarillo por la locura de un dragón o por la locura humana. Antes de que China fuera China, el dragón K’au-fu intentó atravesar el cielo montado en uno de los diez soles que por entonces había. Al mediodía, ya no pudo soportar ese fuego.
Incendiado de sol, loco de sed, el dragón se dejó caer sobre el primer río que vio. Desde las alturas se desplomó hasta el fondo y bebió toda el agua hasta la última gota, y donde el río había estado no quedó más que un largo lecho de barro amanto.
Hay quienes dicen que esta versión no es seria. Y dicen que está históricamente comprobado que el río Amarillo se llama así desde hace unos dos mil años, cuando fueron asesinados los bosques vecinos que lo defendían de las avalanchas de nieve, barro y basura. Y entonces el río, que había sido verde como el jade, perdió su color y ganó su nombre. Y con el paso del tiempo, las cosas fueron empeorando, hasta que el río se convirtió en una gran cloaca. En 1980, cuatrocientos delfines vivían allí. En el año 2004, quedaba uno. No duró mucho.
Fuente: Eduardo Galeano