

Durante siglos, hemos mirado a la Edad Media con una lente que lo tiñe todo de jerarquías rígidas repletas de fronteras culturales aparentemente infranqueables. Y, sin embargo, a veces un objeto tan cotidiano como un tablero de ajedrez puede abrir una grieta en esa imagen preconcebida. Y en esa grieta, cabe la igualdad racial.
Esto es lo que propone la medievalista Krisztina Ilko del Queens’ College y la Universidad de Cambridge en su investigación publicada en la revista Speculum; algo tan sencillo como subversivo: en el ajedrez medieval, lo que importaba era quién era más listo, no quién tenía más poder, más dinero o un color de piel más apropiado para la época.
El ejemplo más potente de este estudio procede del ‘Libro de ajedrez, dados e tablas’, un lujoso tratado ilustrado terminado en Sevilla en 1283 para el rey Alfonso X de Castilla. En una de sus miniaturas, un jugador negro aparece relajado, sentado en un banco finamente decorado, con una botella de vino tinto a mano y una copa llena. Frente a él, se encuentra su rival; un clérigo de piel clara. Ninguno de ellos aparece humillado. Ninguno es caricaturizado. Ambos están ahí como jugadores iguales, concentrados en la misma batalla de pensamiento para ganar al ajedrez. Y lo mejor es que, si nos fijamos en la colocación de las figuras en el tablero, el jugador negro está a punto de vencer.
La imagen choca con muchos clichés visuales medievales, donde las personas de piel no blanca tendían a representarse como figuras excepcionales y exóticas (como la reina de Saba), o bien personajes subordinados, violentos y hasta malignos.
Ilko insiste en que en la Edad Media existían estructuras y formas de pensamiento sobre las diferencias vinculadas a religión, procedencia y color de piel. Pero la clave está en que el ajedrez pudo funcionar como un escenario distinto, casi como uno simbólico e imaginario en el que el juego de mesa no borra las jerarquías del mundo, pero sí puede empoderar a los jugadores para desafiarlas.
En términos medievales, el juego se describía a menudo como ‘guerra sin derramamiento de sangre’ y como representación de un mundo justo, regido por movimientos ordenados, donde cada pieza tiene un papel y la victoria depende de la estrategia. Sobre el tablero, según estos manuscritos, el poder se reconfigura y no gana el más noble, sino el más capaz.
El Libro de ajedrez de Alfonso X no es una rareza aislada. En sus páginas aparecen decenas de jugadores identificados como musulmanes, judíos, mongoles y otros pueblos del mundo conocido. Podemos encontrar escenas de un jugador musulmán y uno judío sentados frente al tablero, otra con cuatro jugadores mongoles, donde uno apoya la mano en su sable, pero el arma no amenaza a nadie…
Estas representaciones importan porque la Edad Media fue mucho más interconectada de lo que suele creerse. Y el ajedrez, por su propia historia, es un símbolo perfecto de esas rutas culturales. Se originó en India y se expandió por Asia y el mundo islámico hasta Europa. A finales del primer milenio, se jugaba en una superficie inmensa que iba del Islam medieval al norte europeo.
Que estas historias circulen dice mucho. El ajedrez era percibido como código universal de inteligencia y donde no solo los jugadores importan; también las piezas. Ilko analiza cómo los conjuntos de ajedrez reflejan los imaginarios de cada región: rasgos faciales, barbas, vestimentas, estilos artísticos… El ajedrez no fue un producto ‘uniforme’, sino un artefacto cultural que se relocalizaba una y otra vez y con diseños distintos