

- El rey triste
Según contó Heródoto, el faraón Sesostris III dominó toda Europa y toda Asia, distinguió a los pueblos valientes dándoles un pene por emblema y humilló a los pueblos cobardes grabando una vulva en sus estelas. Y por si todo eso fuera poco, caminó sobre los cuerpos de sus propios hijos para salvarse del fuego encendido por su hermano, que amablemente quiso asarlo vivo.
Todo eso parece increíble, y es. Pero en cambio está confirmado que este faraón multiplicó los canales de riego, convirtiendo desiertos en jardines, y cuando conquistó Nubia extendió el imperio más allá de la segunda catarata del Nilo. Y se sabe que nunca el reino de Egipto había sido tan pujante y envidiado. Sin embargo, las estatuas de Sesostris III son las únicas que nos ofrecen un rostro sombrío, ojos de angustia, labios de amargura. Los demás faraones, perpetuados por los escultores imperiales, nos miran, serenos, desde su paz celestial.
La vida eterna era un privilegio de los faraones. Quizá, quién sabe, para Sesostris ese privilegio era una maldición.
- Fundación de la gallina
El faraón Tutmosis regresó de Siria, tras culminar una de las fulminantes campañas que le dieron gloria y poder desde el delta del Nilo hasta el río Éufrates.
Como era costumbre, el cuerpo del rey vencido colgaba, boca abajo, de la proa de su nave capitana, y toda la flota venía repleta de tributos y de ofrendas.
Entre los regalos, había una pájara jamás vista, gorda y fea. El regalador había presentado a la impresentable: —Sí, sí—admitió, mirando al piso—. Esta pájara no es bella. No sabe cantar. Tiene pico corto, cresta boba y ojos estúpidos. Y sus alas, de plumas tristes, se han olvidado de volar.
Entonces tragó saliva. Y agregó: —Pero tiene un hijo por día. Y abrió una caja, donde había siete huevos: —He aquí los hijos que ha parido en la última semana.
Los huevos fueron sumergidos en agua hirviente. El faraón los probó descascarados y aderezados con una pizca de sal. La pájara viajó en su camarote, echada a su lado.
- Hatsheput
Su esplendor y su forma eran divinas, doncella hermosa y floreciente.
Así se describió, modestamente, la hija mayor de Tutmosis. Hatsheput, la que ocupó su trono, guerrera hija de guerrero, decidió llamarse rey y no reina. Porque reinas, mujeres de reyes, había habido otras, pero Hatsheput era única, la hija del sol, la mandamás, la de veras.
Y este faraón con tetas usó casco y manto de macho y barba de utilería, y dio a Egipto veinte años de prosperidad y gloria. El sobrinito por ella criado, que de ella había aprendido las artes de la guerra y del buen gobierno, mató su memoria. Él mandó que esa usurpadora del poder masculino fuera borrada de la lista de los faraones, que su nombre y su imagen fueran suprimidos de las pinturas y de las estelas y que fueran demolidas las estatuas que ella había erigido a su propia gloria.
Pero algunas estatuas y algunas inscripciones se salvaron de la purga, y gracias a esa ineficiencia sabemos que sí existió una faraona disfrazada de hombre, la mortal que no quiso morir, la que anunció: Mi halcón vuela hacia la eternidad, más allá de las banderas del reino…
Tres mil cuatrocientos años después, fue encontrada su tumba. Vacía. Dicen que ella estaba en otro lado.
Fuente: Eduardo Galeano