Es muy probable que usted conozca a algún iluso, soñador o fanático incorregible. Es aquel personaje al que la fantasía maneja su existencia. Suele ser hasta muy natural. Tan convencido está de sus sueños, que hace caer en ellos hasta a los más cautos y prudentes. Para los efectos de la humana convivencia, es un personaje peligroso. Es un mentiroso inconsciente que, a veces con florido verbo arrasa donde lo coloquen. Es más común entre los hombres que entre las mujeres.

    En los ámbitos políticos abundan más que en los empresariales, lo que viene a ser más peligroso para la sociedad, dado que las mentiras que se diluyen entre muchos, pueden ser más ofensivas que las que afectan a pocos.   En el caso de los políticos, los ilusos sobreviven. En el caso de los negocios, quiebran o hacen quebrar a los que les siguen. Es necesario reconocer que en la “cosa pública” hay mejor atmósfera para construir castillos imaginarios que en la “cosa privada”, la que se refiere a los negocios, fabricaciones o servicios.

    Como la tarea de conducir personas tiene ya en sí una dosis de futuro, es lógico que en esta sean más prolíficos los vendedores de sueños, que en los medios mercantiles, donde la gente en general es más desconfiada, incrédula y de mirada cortoplacista. Pero no hay que fiarse mucho. También en esta terrenal tarea de comprar y vender, de ofrecer y prestar servicios, los ilusos pueden colarse, con gran perjuicio para quienes los tienen que escuchar y alimentar. No son necesariamente seres que ponen los ojos en blanco, sino tan comunes y corrientes, que llegan a pasar inadvertidos, hasta que alguien trata de someterlos al filtro de la cruda realidad. Mientras por un lado todos somos conscientes de la necesidad de personas creativas, emprendedoras, arriesgadas y entusiastas, siempre queda el peligro de que las anteriores cualidades sean para el “iluso” un verdadero manto que cubre sus divagaciones.

    ¿Cómo detectarlos, atajarlos y someterlos? Este es un trabajo que el buen político o empresario deberá contemplar entre sus tareas cotidianas. La psicología ordinaria entrega algunas herramientas que pueden ser infalibles al respecto. Frente a cualquier sospecha, será preciso someter a ciertas pruebas elementales al susodicho: Primero hay que averiguar sus pasos anteriores – currículum real-, no el de los simples cartones con grecas y letras grandes. En segundo lugar hay que proceder a verificar sus relaciones reales con los más próximos, colegas, amigos, familiares. Ni a los amigos ni a la familia se puede vender lo invendible. Finalmente existe la prueba infalible: Verificar si lo que propone a otros con tanta seguridad, lo ha puesto en práctica alguna vez en provecho propio.

    La compra de ilusiones suele ser un mal negocio. Solamente les resulta a los magos de salón y a los adivinos instalados. Si para una empresa privada este tipo de personas es un peligro, imagínese usted el daño que pueden producir a una sociedad, si se instalan en la cosa pública. Las ilusiones y los ilusos están bien para la noche, pero no para el día. Los que sueñan mucho de día, tal vez sea porque las noches se las han pasado de “turbio en turbio” como Don Quijote, referente natural de todos los ilusos. Aunque el de la Mancha vivió loco y murió cuerdo.

 

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