• La otra pirámide

    Más de un siglo podía demorar la construcción de algunas pirámides. Miles y miles de hombres alzaban, bloque tras bloque, día tras día, la inmensa morada donde cada faraón iba a vivir su eternidad, acompañado por los tesoros de su ajuar funerario.

    La sociedad egipcia, que hacía pirámides, era una pirámide. En la base, estaba el campesino sin tierra. Durante las inundaciones del Nilo, él construía templos, levantaba diques, abría canales. Y cuando las aguas del río volvían a su cauce, trabajaba tierras ajenas.

    Hace unos cuatro mil años, el escriba Dwa-Jeti lo retrató así: El hortelano lleva el yugo.

    Sus hombros se doblan bajo el yugo. En el cuello tiene un callo purulento. Por la mañana, riega legumbres. Por la tarde, riega pepinos. Al mediodía, riega palmeras. A veces se desploma y muere.

    No había monumentos funerarios para él. Desnudo había vivido, y en la muerte tenía la tierra por casa. Yacía en los caminos del desierto, acompañado por la estera donde había dormido y el vaso de barro donde había bebido. En el puño le ponían unos granos de trigo, por si se le ocurría comer.

  • El dios de la guerra

    De frente o de perfil metía miedo el tuerto Odín, el dios más dios de los vikingos, divinidad de las glorias de la guerra, padre de las matanzas, señor de los ahorcados y de los malhechores.

    Sus dos cuervos de confianza, Huguin y Munin, dirigían sus servicios de inteligencia. Cada mañana partían desde sus hombros y sobrevolaban el mundo. Al atardecer, regresaban a contarle lo visto y lo oído.

    Las walkirias, ángeles de la muerte, también volaban para él. Ellas recorrían los campos de batalla, y entre los cadáveres elegían a los mejores soldados y los reclutaban para el ejército de fantasmas que Odín comandaba en las alturas.

    En la tierra, Odín ofrecía botines fabulosos a los príncipes que protegía, y los armaba de corazas invisibles y espadas invencibles. Pero los mandaba al muere cuando decidía tenerlos a su lado, allá en el cielo.

    Aunque disponía de una flota de mil naves y galopaba en caballos de ocho patas, Odín prefería no moverse. Desde muy lejos combatía este profeta de las guerras de nuestro tiempo. Su lanza mágica, abuela de los misiles teledirigidos, se desprendía de su mano y solita viajaba hacia el pecho del enemigo.

  • El teatro de la guerra

    El príncipe japonés Yamato Takeru nació hace un par de milenios, hijo número ochenta del emperador, y principió su carrera partiendo en pedazos a su hermano gemelo, por ser impuntual en las cenas familiares.

    Después, aniquiló a los campesinos rebeldes de la isla de Kyüshü. Vestido de mujer, peinado de mujer, maquillado de mujer, sedujo a los jefes del levantamiento y en una fiesta los abrió, como melones, a golpes de espada. Y en otros parajes atacó a otros pobres diablos que osaban desafiar el orden imperial, y haciéndolos picadillo los pacificó, como entonces se decía, como se dice ahora. Pero su hazaña más famosa fue la que acabó con la infame fama del bandido que estaba alborotando la provincia de Izumo. El príncipe Yamato le ofreció el perdón y la paz, y el revoltoso lo invitó a compartir un paseo por sus dominios. En vaina lujosa, Yamato llevó una espada de madera, allí metida, allí mentida. Al mediodía, el príncipe y el bandido se refrescaron bañándose en el río. Mientras el otro nadaba, Yamato cambió las espadas. En la vaina del bandido metió la espada de madera y él se quedó con el filo de metal. Al atardecer, lo desafió.

Fuente: Eduardo Galeano

      

   

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