

Yu y la inundación
Tras la sequía, llegó la inundación. Crujían las rocas, aullaban los árboles. El río Amarillo, sin nombre todavía, tragó gentes y sembradíos y ahogó valles y montañas.
Yu, el dios cojo, vino en auxilio del mundo. Caminando a duras penas, Yu entró en la inundación y con su pala abrió canales y túneles para desahogar el agua enloquecida.
Yu fue ayudado por un pez que conocía los secretos del río, por un dragón que marchaba delante desviando el agua con la cola y por una tortuga que iba detrás cargando el lodo.
- Fundación del libro chino
Cang Jie tenía cuatro ojos. Se ganaba la vida leyendo estrellas y adivinando destinos.
Él creó los signos que dibujan palabras, después de mucho estudiar el diseño de las constelaciones, el perfil de las montañas y el plumaje de las aves.
En uno de los libros más antiguos, hecho de tablillas de bambú, los ideogramas inventados por Cang Jie cuentan la historia de un reino donde los hombres vivían más de ocho siglos y las mujeres eran del color de la luz, porque comían sol.
El Señor del Fuego, que comía rocas, desafió el poder real y rumbo al trono lanzó sus tropas. Y sus artes mágicas hicieron caer una espesa cortina de niebla que dejó bobo al ejército del palacio. Los soldados se tambaleaban en la cerrazón, ciegos, sin rumbo, cuando la Mujer Negra, que volaba con plumas de ave, bajó de las alturas, inventó la brújula y la regaló al rey desesperado. Y la niebla fue vencida, y el enemigo también.
- Retrato de familia en China
En la antigüedad de los tiempos, Shun, el hibisco, reinó en China. Y Ho Yi, el mijo, fue su ministro de agricultura. Los dos habían tenido ciertas dificultades en su vida infantil.
Desde que nació, Shun no resultó nada simpático a su papá ni a su hermano mayor, y ellos prendieron fuego a su casa, con él adentro, pero el bebé ni siquiera se chamuscó. Y lo metieron en un pozo y le echaron tierra encima, hasta taparlo del todo, pero el bebé ni siquiera se enteró.
También su ministro, Ho Yi, había sobrevivido a los mimos familiares. Su mamá, convencida de que ese recién nacido iba a darle mala suerte, lo abandonó en pleno campo, para que lo matara el hambre. Y como el hambre no lo mató, lo arrojó al bosque, para que lo comieran los tigres. Y como a los tigres no les interesó, lo tiró en la nieve, para que el frío acabara con él. Y unos días después lo encontró, de buen humor y un poquito acalorado.