La orfandad es palabra actualmente en desuso, no porque hayan desaparecido los huérfanos, sino porque hoy día es bastante más común que ayer, el que una enorme cantidad de niños y adolescentes carezcan de padre, de madre o de ambos, sin que este hecho, antiguamente estigmatizado por la sociedad familiar, sea considerado como desgracia o privación de algo naturalmente querido por una civilización basada en la familia y en el respeto social.

    Alcancé a conocer el orfanatorio, donde iban a parar los niños expósitos, abandonados por sus progenitores, de quienes se hacían cargo congregaciones religiosas u organismos piadosos del Estado. Creo que han ido desapareciendo, aunque siga habiendo otras instituciones que se hacen cargo de niños y adolescentes que hoy llamaremos eufemísticamente en situación de calle o irregulares. Son los mismos que ayer llamábamos huérfanos, que no eran muchos, mientras en la actualidad sobreabundan. Los pequeños igualmente abandonados o sea huérfanos de padre y madre han aumentado. Algunos de ellos tienen la suerte de caer en manos de abuelos, parientes cercanos y familias adoptivas.

    Aunque no todos los huérfanos provienen de nacimientos al margen del matrimonio legal o religiosamente constituido, son indudablemente estos los que, según las estadísticas llegarían al 70% de los nacidos vivos. Porque los que no alcanzan a nacer que, según las estadísticas son más que los que llegan ilesos al alumbramiento, serían huérfanos por anticipado.

    Ser huérfano debe ser triste para tantos que deben afrontar la existencia sin un acompañamiento afectivo desde los primeros años hasta la juventud. Supongo que esa condición de vida debe explicar la abundancia de enfermedades mentales que hoy comprueba una sociedad poco solidaria, egoísta y preferentemente materialista en toda su proyección vital. Este hirviente caldo de cultivo puede explicar la violencia, la rabia, la angustia y en definitiva la rebeldía contra la sociedad establecida de los mayores que, sin haber sido huérfanos, hicieron todo lo posible porque la orfandad floreciera por doquier y empecemos a darnos cuenta que algo ha sido roto en una sociedad racional, humana, sensible y espiritual.

    Los huérfanos están a la vista, porque padres y madres desaparecen del espacio vital de los que nacieron al alero del progreso científico y tecnológico que sustituyó la familia por las redes sociales y la escuela por el barrio violento lleno de drogas y narcotraficantes de distintas especies, visuales, imaginarias o en forma de yerbas de distinto color, sabor y hedor.

    Ante tanto huérfano creo necesario llamar la atención a padres, madres, maestros y líderes en general para que piensen un poco, a ver si entre todos se nos ocurre alguna idea para que disminuya su número de ahora en adelante. Los que ya los son, tendrán que aguantar un poco antes de seguir pensando en dinamitar la sociedad que los trajo a la existencia, sin

proporcionarles lo único que hace feliz a los humanos; fe en sí mismo y en los demás, una dosis de esperanza en un futuro con destino más seguro y desde luego una sobredosis de amor a Dios, a los hombres y al mundo que habitamos. Tremendo programa para tamaña tarea. Ojalá que ningún político nos proponga crear el ministerio de la orfandad.

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