• Un arma peligrosa

    En más de treinta países, la tradición manda cortar el clítoris.

El tajo confirma el derecho de propiedad del marido sobre su mujer, o sus mujeres.

    Los mutiladores llaman purificación a este crimen contra el placer femenino, y explican que el clítoris es un dardo envenenado, es una cola de escorpión, es un nido de termitas, mata al hombre o lo enferma, excita a las mujeres, les envenena la leche y las vuelve insaciables y locas de remate.

    Para justificar la mutilación, citan al profeta Mahoma, que jamás habló de este asunto, y al Corán, que tampoco lo menciona.

  • Las nueve lunas

    Gútapa se pasaba la vida dormitando, hamaqueando, mientras su mujer, que ni nombre tenía, le rascaba la cabeza, le espantaba los mosquitos y le daba de comer en la boca. De vez en cuando, él se levantaba y le propinaba una buena paliza, para cuidarle la conducta y mantenerse en forma.

Cuando la mujer huyó, Gútapa se lanzó a buscarla por los barrancos del río Amazonas, y con un palo aporreaba cualquier posible escondite de la fugitiva. Y pegó con alma y vida un garrotazo en un recoveco donde había un nido de avispas.

    Las avispas, furioso torbellino, le clavaron mil aguijones en una rodilla.    La rodilla se hinchó. Y lentamente, luna tras luna, se convirtió en un gran globo. Y dentro del globo fueron cobrando forma y movimiento muchos minúsculos hombrecitos y mujercitas que tejían canastas y collares y tallaban flechas y cerbatanas.

    A la novena luna, Gútapa parió. De su rodilla nacieron los primeros tikunas, que fueron recibidos por la algarabía del loro ala azul, el loro guayabero, el loro uvero y otros comentaristas.

  • Victorioso sol, luna vencida

    La luna perdió la primera batalla contra el sol cuando se difundió la noticia de que no era el viento quien embarazaba a las mujeres.

Después, la historia trajo otras tristes novedades: la división del trabajo atribuyó casi todas las tareas a las hembras, para que los machos pudiéramos dedicarnos al exterminio mutuo; el derecho de propiedad y el derecho de herencia permitieron que ellas fueran dueñas de nada; la organización de la familia las metió en la jaula del padre, el marido y el hijo varón y se consolidó el estado, que era como la familia pero más grande. La luna compartió la caída de sus hijas.

    Lejos quedaron los tiempos en que la luna de Egipto devoraba el sol al anochecer y al amanecer lo engendraba, la luna de Irlanda sometía al sol amenazando con la noche perpetua y los reyes de Grecia y Creta se disfrazaban de reinas, con tetas de trapo, y en las ceremonias sagradas enarbolaban la luna como estandarte.

    En Yucatán, la luna y el sol habían vivido en matrimonio. Cuando se peleaban, había eclipse. Ella, la luna, era la señora de los mares y de los manantiales y la diosa de la tierra. Con el paso de los tiempos, perdió sus poderes. Ahora sólo se ocupa de partos y enfermedades.

    En las costas del Perú, la humillación tuvo fecha. Poco antes de la invasión española, en el año 1463, la luna del reino chimú, la que más mandaba, se rindió ante el ejército del sol de los incas.

Fuente: Eduardo Galeano

   

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