

El ermitaño y los diablos – Aleksandr Nikolaievich Afanasiev
Un ermitaño, que había estado rezando durante treinta y tres años seguidos, vio que a la casa del zar acudían los diablos. Un día, el diablo cojo, Potanka, se quedó rezagado. El ermitaño salió y le preguntó a dónde se dirigían todos los días.
—Vamos a casa del zar a comer. Sus cocineros lo preparan todo sin santiguarse, ¡lo cual nos gusta mucho!
Como de la casa del zar le traían comida todos los días, escribió en los platos vacíos que los diablos iban a comer a la mesa del zar. Cuando este vio lo que le había escrito el ermitaño, reemplazó a todos los criados que tenía en la cocina por gente devota que, al dar inicio a cualquier tarea, decía: —¡Que Dios nos bendiga!
Pronto vio el ermitaño de nuevo a los diablos: habían marchado al palacio alegres y felices, pero venían de regreso tristes y decepcionados.
Volvió a preguntar a Potanka por qué regresaban tan apenados. —¡Ten la boca cerrada! ¡Ya te lo haremos pagar!
Después de aquel encuentro, dejó el ermitaño de ver a los diablos. Un día, llegó a su casa una mujer piadosa, y él le preguntó quién era y de dónde venía. Entablaron conversación, tomaron vino, se emborracharon y acordaron casarse.
Fueron a la iglesia, ya lo tenían todo arreglado. Dio inicio la ceremonia. Cuando estaban a punto de ponerles las coronas, se santiguó el ermitaño. Los diablos se echaron atrás, y él vio delante de sí una soga que estaba dispuesta para ahorcarlo.
Después de aquel suceso, se pasó rezando otros treinta y tres años.
- Juan el distraído – Gianni Rodari
-Mamá, voy a dar un paseo. -Bueno, Juan, pero ve con cuidado cuando cruces la calle. -Está bien, mamá. Adiós, mamá. -Eres tan distraído… -Sí, mamá. Adiós, mamá.
Juanito se marcha muy contento y durante el primer tramo de calle pone mucha atención. De vez en cuando se para y se toca. -¿Estoy entero? Sí -y se ríe solo.
Está tan contento de su propia atención, que se pone a brincar como un pajarito, pero luego se queda mirando encantado los escaparates, los coches y las nubes, y, lógicamente, comienzan los infortunios.
Un señor le regaña amablemente: -¡Pero qué despistado eres! ¿Lo ves? Ya has perdido una mano. -¡Anda, es cierto! ¡Pero qué distraído soy!
Se pone a buscarse la mano, pero en cambio se encuentra un bote vacío y piensa: “¿Estará vacío de verdad? Veamos. ¿Y qué había dentro antes de que estuviese vacío? No habrá estado vacío siempre, desde el primer día…”
Juan se olvida de buscar su mano y luego se olvida también del bote, porque ha visto un perro cojo, y he aquí al intentar alcanzar al perro cojo antes de que doble la esquina, va y pierde un brazo entero. Pero ni siquiera se da cuenta de ello y sigue corriendo. Una buena mujer lo llama: -¡Juan, Juan!, ¡tu brazo! Pero ¡quiá!, ni la oye.
-¡Qué le vamos a hacer! -suspira la buena mujer-. Se lo llevaré a su mamá.
Y se dirige hacia la casa de la mamá de Juan. -Señora, aquí le traigo el brazo de su hijito. -¡Oh, qué distraído es! Ya no sé qué hacer ni qué decirle.
-Ya se sabe, todos los niños son iguales. Al cabo de un rato llega otra buena mujer. -Señora, me he encontrado un pie. ¿No será acaso de su hijo Juan?
-Sí, es el suyo, lo reconozco por el agujero del zapato. ¡Oh qué hijo tan distraído tengo! Ya no sé qué hacer ni qué decirle.
-Ya se sabe, todos los niños son iguales. Al cabo de otro rato llega una viejecita, luego el mozo del panadero, luego un tranviario, e incluso una maestra retirada, y todos traen algún pedacito de Juan: una pierna, una oreja, la nariz.
-¿Es posible que haya un muchacho más distraído que el mío? -Ah, señora, todos los niños son iguales.
Finalmente llega Juan, brincando sobre una pierna, ya sin orejas ni brazos, pero alegre como siempre, alegre como un pajarito, y su mamá menea la cabeza, se lo coloca todo en su sitio y le da un beso.
-¿Me falta algo, mamá? ¿He estado atento, mamá? -Sí, Juan, has estado muy atento.