

Nuestra vida es un laberinto donde sentimos con frecuencia angustia por estas tres razones; porque nos mantenemos en alguna duda, lo que perturba nuestra existencia y nos produce miedos ante el presente o el futuro. No estar seguros de lo que debemos hacer intranquiliza, produce un cierto pesar y lleva necesariamente a sentir temor Es lo que nos suele pasar en nuestros sueños pesados, donde se nos pierden las cosas, nos abruma una deuda o se nos presenta un encierro del que no nos libramos, hasta que al despertar, venimos a comprobar que nada se nos ha perdido, que esa deuda no existe o que ese encierro es solamente una pesadilla, fruto, según dicen, de alguna mala digestión o mala postura en nuestra almohada.
Cuando estamos en sano juicio y en buena conciencia, porque sabemos bien lo que queremos, lo que podemos, lo que nos conviene y nos agrada, llegamos a alcanzar ese grado de tranquilidad y paz interior que nos ayuda a vivir mejor y a convivir con todas nuestras taras, manías o momentáneas dubitaciones.
Esta trilogía de fragilidades me llega advertida por un escritor lejano que aconsejó desde el silencio reflexivo y la enseñanza noble y cercana a sus muchos discípulos. Me refiero nuevamente a Confucio que me viene a solazar en medio de mis lecturas de clásicos, algo que hago todos los días en un tipo de terapia que yo mismo me he aconsejado y que vengo repitiendo con extraordinario placer. El sabio maestro me advierte que la duda, el pesar y el miedo son causantes de mucho desasosiego y que hay que enfrentarlo con la siguiente medicina, por lo demás sumamente económica y accesible a todos: “Con el saber se vence la duda, con el bien se supera el pesar y con el valor se ahuyenta el miedo”
Gran sabiduría que trasciende los siglos y que concuerda con nuestros grandes valores filosóficos y teológicos cristianos. Para salir de la duda hay que conocer la verdad de los hechos, de las personas, del mundo que nos rodea. Lejos de lamentarnos por los males que nos puedan aquejar, vale la pena saber acerca de lo que ocurre y no de lo que algunos soñadores o pérfidos tratan de amplificar e inocularnos. Para superar el pesar, basta con hacer las cosas bien, hacer el bien a los demás y hacerse el bien a sí mismo. Y para superar el temor hay que poner en movimiento lo que nosotros llamamos fortaleza, los romanos llamaban virtud y los orientales llaman valor o valentía.
Espero que mis lectores compartan conmigo este buen axioma de sabiduría que nos viene desde hace siglos y que vale la pena tener en cuenta, si realmente queremos, como Confucio, ser personas armónicas, felices en todo el sentido de esta gozosa palabra. Por añadidura, el remedio es gratis, casero y hasta simple.