Desde la manzana que Adán y Eva mordieron en el paraíso, hasta las espinacas de Popeye y los esteroides de Ben Johnson, que aumentan considerablemente la fuerza, los ejemplos de cómo el ser humano siempre ha buscado sustancias mágicas que le den mayor poder, se multiplican y diversifican sorprendentemente no sólo en el deporte y evidencian una tendencia natural del ser humano, que debe ser entendida en ese contexto y considerada como tal a la hora de la crítica, el juicio o la sanción.

Durante la Segunda Guerra Mundial era frecuente el uso de anfetaminas, las cuales permiten mayor esfuerzo y retardo en la aparición de la fatiga, llegando incluso a anular la conciencia del peligro.

Un cuadro chino que data del año 3.000 A.de C., muestra la imagen de el emperador masticando una rama de Ephedra (de donde se obtiene la efedrina) para mantenerse despierto y poder así gobernar a su pueblo, sin fatigarse. Podría inferirse, como mensaje del cuadro, que el que dirige no puede cansarse y debe buscar formas para estar siempre atento a los suyos.

El hombre, por naturaleza, es un ser insatisfecho que busca afanosamente superar sus propias fronteras, sus incómodos límites. Quiere volar como el pájaro y nadar como el pez. En definitiva, siempre quiere ganarle a su maestro y cancerbero: El dolor.

El temor a la inferioridad gobierna al ser humano y cuando no puede obtener algo con sus propios medios, en el deporte o fuera de él, inventa mascaradas, se miente, hace trampa. Cuando no puede, se “dopa” de muchas formas, ya sea usando pastillas para dormir o para postergar la fatiga o bien pagando triunfos y silencios, robando ideas o comprando amor.

El impulso a evadir los propios límites es natural en el hombre y cada uno sabe que así es. Podrá controlarse y canalizarse este impulso, pero difícilmente extinguirse por dura que sea la sanción.

El problema del doping rebasa con largueza el reducido ámbito del deporte. Su esencia radica más allá de la maldad que apresuradamente se presupone a algún deportista que pretende obtener ventajas desleales para alcanzar sus objetivos. La proliferación de este fenómeno se da en un amplio espectro social, con interpretaciones disímiles y sanciones variadas. Se castiga a Ben Johnson por pretender traspasar sus límites, nos parece bien, pero la actitud social es muy distinta, es permisiva y hasta de protección en otros casos que persiguen lo mismo. El estudiante, que para no dormirse y estudiar toda la noche, ingiere cotidianamente pastillas para los nervios, viviendo ficticiamente tranquilo; el músico, que para ganarse la vida, debe tocar toda la noche y para soportarlo ingiere alguna droga; el artista, que busca la inspiración en el alcohol o en algún alucinógeno; el hombre común, que ingiere fármacos para mantener su eficiencia sexual. Así podríamos seguir con más ejemplos.

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