

El intelectual puro suele ser parco en sentimientos, el sentimental agudo deja de lado las razones. Ambos, por separado, tienen similar peligro de desbarrar mental y socialmente.
Cuando la fría racionalidad se deja a un lado, aflora el sentimiento, esa poderosa fuerza interior que todos tenemos y que nos lleva a gozar y sufrir, a veces descontroladamente. El hombre bien constituido adquiere con la educación un equilibrio entre la razón y el sentimiento que le llevan a vivir mejor con las capacidades instaladas en su mente y corazón. El exceso de una u otra facultad desequilibra a la persona necesariamente.
El problema seguramente más visible de nuestra sociedad moderna es que tiene inflación de sentimientos y escasez de racionalidad. Vivimos una época en que impera lo fácil y efímero mientras cuenta poco lo arduo, lo difícil, lo complejo, como proposición formativa o como conducta ciudadana. Abundan gurúes del alma que aconsejan dejarse invadir y gobernar por el sentimiento. “Haz lo que sientas”, lo que naturalmente indica que para estar bien hay que sentirse bien, dejando de lado cualquier otra inspiración que desde el fondo de la conciencia bien ajustada, nos pueda proponer algún sacrificio, algún acto de valentía y entereza, el “agere contra” que decían los antiguos ascetas de tiempos más recios que los nuestros.
Lo que conocemos como populismo en jerga sociopolítica no es otra cosa que la tiranía o dictadura del sentimiento por encima de la vieja consideración del deber, del control de sí mismo y de la observancia racional de la ley. Los romanos, hábiles para controlar al pueblo desde el imperio, lo cifraron en el “pan y circo” que reflejaban el común sentimiento de la plebe por comer y pasarlo bien, sin hacer nada. Para eso estaban los esclavos y los prisioneros de las muchas guerras de conquista que llevaban a Roma la mano de obra suficiente para hacer subsistir el estado de bienestar, jolgorio y comida “gratuita”.
La historia, maestra de la vida, nos ayuda a meditar lo que aquella proposición de sociedad de sentimientos terminó siendo; el manjar de los rudos bárbaros que empezaron a llegar de todas partes, mientras Nerón hacía versos, tañía la lira y se drogaba con variadas especies de ambrosías. Emperadores y pueblo vivían de sentimientos en desequilibrio de razones y de trascendencia. Ciudadanos que tenían otros valores de vida, los bárbaros con las armas y los cristianos con la vida virtuosa, más elevados y equilibrados mental y cordialmente, empezaron a prepararse para recoger los despojos de tan insensato proceder. Ojalá que a nuestro mundo no lo destrocen los nuevos bárbaros, sino que vuelvan a estabilizarlo quienes mantengan el equilibrio deseable entre la mente y el corazón.
Ni el pensar fatiga, ni el sentir hace daño. Si combinamos bien ambas potencias que llevamos todos mejor o peor instaladas, es posible que hagamos más segura, pacífica y grata la existencia personal y colectiva. Es solamente una pequeña reflexión que hará bien a los que nos mandan y a los que obedecemos.