Desde niña, esta pionera de la primatología ya había mostrado las cualidades que la harían única: una gran curiosidad, igual empatía con los animales, una paciencia infinita y una insólita capacidad para observar sin prejuicios. Jane Goodall, nacida como Valerie Jane Morris-Goodall el 3 de abril de 1934 en Londres, creció soñando con África y con entender a los animales desde dentro, no como objetos de estudio, sino como seres con personalidad propia.

La pequeña Jane pasó buena parte de su infancia entre Londres y Bournemouth, en un entorno familiar marcado por la separación de sus padres tras la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, por la influencia decisiva de su madre, Vanne Morris-Goodall. Ella fue quien alimentó esa mezcla de ternura y determinación que definiría a su hija. Cuando Jane decía que quería viajar a África para vivir entre animales salvajes, su madre le decía que, si de verdad lo deseaba, tendría que trabajar duro y no rendirse. Esa idea la acompañaría toda la vida.

Desde muy pequeña, Jane mostró una fascinación casi magnética por el mundo animal. Le encantaba observar pájaros, insectos y cualquier criatura que se cruzara en su camino. Su padre le regaló un chimpancé de peluche llamado Jubilee, al que conservó durante décadas, y que hoy forma parte casi del imaginario fundacional de su biografía. También leyó con entusiasmo Tarzán, Doctor Dolittle y El libro de la selva, lecturas que le ofrecían una promesa de mundo.

Hay una escena de su niñez que merece la pena ser destacada. Cuando tenía unos cinco años, Jane quiso averiguar cómo ponían los huevos las gallinas. Como nadie le dio una respuesta que la convenciera, decidió comprobarlo por sí misma: se escondió durante horas en un gallinero, observando en silencio. La familia, alarmada, llegó a pensar que había desaparecido o la habían secuestrado. Pero cuando la encontraron, Jane estaba radiante ya que había resuelto por sí misma su pregunta. No era solo una anécdota encantadora; se convertiría en su método de trabajo. Pregunta, paciencia, observación y conclusión. Exactamente lo que años después haría en Tanzania.

La Inglaterra de posguerra no estaba precisamente diseñada para que una muchacha sin recursos acabara convertida en una gran científica de campo. Jane no pudo permitirse una educación universitaria tradicional al terminar sus estudios, así que se formó en una escuela de secretariado, aprendiendo mecanografía, taquigrafía y otras habilidades similares. A pesar de parecer un desvío de lo que representaba su sueño, su madre le había hecho ver que esas herramientas podían darle independencia y permitirle llegar a cualquier parte del mundo.

No se lo pensó. Jane trabajó como camarera, secretaria y asistente en una empresa cinematográfica, mientras seguía ahorrando para viajar a África. Y lo logró. En 1957, con 23 años, viajó a Kenia para visitar a una amiga y allí ocurrió el encuentro que cambiaría su vida. Conoció al célebre paleoantropólogo británico Louis Leakey, que pronto percibió en ella algo poco común. Leakey buscaba a alguien que estudiara chimpancés salvajes y creía que una persona sin formación científica rígida podría observarlos con menos ideas preconcebidas.

Así que vio en Jane a esa persona. Pese a su falta de títulos, veía en la joven una combinación rarísima de atención al detalle, valentía y sensibilidad hacia los animales. En una época en la que el estudio del comportamiento animal estaba dominado por métodos más fríos y distantes, Jane aportaba algo revolucionario: la convicción de que para entender a un animal había que reconocer su individualidad.

En julio de 1960, Jane llegó a Gombe, en la actual Tanzania, acompañada por su madre y un cocinero, porque las autoridades no permitían que una mujer joven se internara sola en la selva. Al principio, los chimpancés huían al verla; pero Jane hizo lo que ya había aprendido de niña. Tal y como hizo con las gallinas, se dedicó a esperar. Sin forzar. Sin invadir. Solo observando. Fue un macho al que llamó David Greybeard el primero en tolerar su presencia. Gracias a él, el resto fue aceptándola poco a poco.

Aquella forma de observar, acabaría produciendo hallazgos históricos. Jane descubrió que los chimpancés usaban y fabricaban herramientas, que comían carne, que tenían vínculos sociales complejos y que cada individuo exhibía rasgos de personalidad. Aquello obligó a replantear la vieja frontera que separaba lo humano de lo animal. Su trabajo no solo transformó la primatología sino que cambió nuestra imagen de nosotros mismos.

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