

Hesíodo
De Homero, nada se sabe. Siete ciudades juran que fueron su cuna. Quizás en ellas Homero recitó, alguna noche, a cambio de techo y comida.
De Hesíodo, dicen que nació en una aldea llamada Asera y que vivió en los tiempos de Homero.
Pero él no cantó a la gloria de los guerreros. Sus héroes fueron los labriegos de Beocia. Hesíodo se ocupó de los trabajos y los días de los hombres que arrancaban frutos pobres a la dura tierra, para cumplir con la maldición de los dioses despiadados.
Su poesía aconsejaba cortar la madera cuando Sirio aparece en el cielo, recoger las uvas cuando Sirio viaja hacia el sur, trillar cuando viene Orión, cosechar cuando las Pléyades asoman, labrar la tierra cuando las Pléyades se esconden, trabajar desnudo y desconfiar de la mar, de los ladrones, de las mujeres, de las lenguas inquietas y de los días nefastos.
El suicidio de Troya
Según Homero, fue la diosa Atenea quien sopló la idea al oído de Odiseo. Y así la ciudad de Troya, que había resistido durante diez años el acoso de las tropas griegas, fue vencida por un caballo de madera.
¿Por qué Príamo, el rey de Troya, lo dejó entrar? Desde que ese raro animal gigantesco apareció esperando ante las murallas, fue rojo el humo de las cocinas y lloraron las estatuas y se secaron los laureles y el cielo se vació de estrellas. La princesa Casandra le arrojó una antorcha encendida y el sacerdote Laocoonte le clavó una lanza en el costado. Los consejeros del rey opinaron que había que abrirlo, para ver qué contenía, y en toda Troya no hubo quien no sospechara que ese bicho era una trampa.
Pero Príamo eligió su perdición. Quiso creer que la diosa Atenea había enviado una ofrenda en señal de paz. Por no agraviarla, mandó que se abriera la muralla y el caballo fue recibido con cánticos de alabanza y gratitud.
De sus adentros salieron los soldados que arrasaron Troya hasta la última de sus piedras. Y sus vencidos fueron sus esclavos, y las mujeres de sus vencidos fueron sus mujeres.
El héroe
¿Cómo hubiera sido la guerra de Troya contada desde el punto de vista de un soldado anónimo? ¿Un griego de a pie, ignorado por los dioses y deseado no más que por los buitres que sobrevuelan las batallas? ¿Un campesino metido a guerrero, cantado por nadie, por nadie esculpido? ¿Un hombre cualquiera, obligado a matar y sin el menor interés de morir por los ojos de Helena?
¿Habría presentido ese soldado lo que Eurípides confirmó después? ¿Que Helena nunca estuvo en Troya, que sólo su sombra estuvo allí? ¿Que diez años de matanzas ocurrieron por una túnica vacía?
Y si ese soldado sobrevivió, ¿qué recordó? Quién sabe.
Quizás el olor. El olor del dolor, y simplemente eso.
Tres mil años después de la caída de Troya, los corresponsales de guerra Robert Fisk y Fran Sevilla nos cuentan que las guerras huelen. Ellos han estado en varias, las han sufrido por dentro, y conocen ese olor de podredumbre, caliente, dulce, pegajoso, que se te mete por todos los poros y se te instala en el cuerpo. Es una náusea que jamás te abandonará.
Fuente: Eduardo Galeano