Retrato de familia en Grecia

El sol viajó al revés por el cielo y se fue por el oriente. Mientras moría aquel día tan raro, Atreo conquistaba el trono de Micenas.

Atreo sentía que la corona tambaleaba en su cabeza. Miraba de reojo a la parentela. El hambre de poder brillaba en los ojos de sus sobrinos. Por las dudas, los degolló. Los cortó en pedazos, los cocinó y los sirvió, como plato único, en el banquete que brindó a su hermano Tiestes, que era el papá de los difuntos.

Agamenón, hijo de Atreo, heredó el trono. Clitemnestra, mujer de su tío, le gustó para reina. Agamenón no tuvo más remedio que matar al tío. Y años después tuvo que cortar el pescuezo de Ifigenia, su hija más bella. La diosa Artemisa se lo exigió, para que sus huestes de sátiros, centauros y ninfas dieran buenos vientos a las naves que partían a la guerra contra el reino de Troya.

Al fin de la guerra, una noche de luna llena, Agamenón entró a paso triunfal en su palacio de Micenas. La reina Clitemnestra le dio la bienvenida y le ofreció un baño bien caliente. A la salida del baño, lo envolvió en una red tejida por ella. Esa red fue la mortaja de Agamenón. Egisto, amante de Clitemnestra, le hundió una espada de doble filo, y ella lo decapitó con un hacha.

Con esa misma hacha, tiempo después, Electra y Orestes vengaron al padre. Los hijos de Agamenón y Clitemnestra despedazaron a la madre y a su amante, y dieron inspiración al poeta Esquilo y al doctor Freud.

Huelga de piernas cerradas

En plena guerra del Peloponeso, las mujeres de Atenas, Esparta, Corinto y Beocia se declararon en huelga contra la guerra.

Fue la primera huelga de piernas cerradas de la historia universal. Ocurrió en el teatro. Nació de la imaginación de Aristófanes y de la arenga que él puso en boca de Lisistrata, matrona ateniense:

—¡No levantaré los pies hasta el cielo, ni en cuatro patas me pondré con el culo al aire!

La huelga continuó, sin tregua, hasta que el ayuno de amores doblegó a los guerreros. Cansados de pelear sin consuelo, y espantados ante la insurgencia femenina, no tuvieron más remedio que decir adiós a los campos de batalla.

Más o menos así lo contó, lo inventó, Aristófanes, un escritor conservador que defendía las tradiciones como si creyera en ellas, pero en el fondo creía que lo único sagrado era el derecho de reír.

Y hubo paz en el escenario. En la realidad, no.

Los griegos ya llevaban veinte años peleando cuando esta obra fue estrenada, y la carnicería continuó siete años más.

Las mujeres continuaron sin tener derecho de huelga, ni derecho de opinión, ni más derecho que el derecho de obediencia a las labores propias de su sexo. El teatro no figuraba entre esas labores. Las mujeres podían asistir a las obras, en los peores lugares, que eran las gradas más altas, pero no podían representarlas. No había actrices. En la obra de Aristófanes, Lisistrata y las demás protagonistas fueron actuadas por hombres que llevaban máscaras de mujeres.

Fuente: Eduardo Galeano

   

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