

El arte de dibujarte
En algún lecho del golfo de Corinto, una mujer contempla, a la luz del fuego, el perfil de su amante dormido. En la pared, se refleja la sombra.
El amante, que yace a su lado, se irá. Al amanecer se irá a la guerra, se irá a la muerte. Y también la sombra, su compañera de viaje, se irá con él y con él morirá.
Es noche todavía. La mujer recoge un tizón entre las brasas y dibuja, en la pared, el contorno de la sombra. Esos trazos no se irán. No la abrazarán, y ella lo sabe. Pero no se irán.
Sócrates
Varias ciudades peleaban de uno y otro lado. Pero esta guerra griega, la que más griegos mató, fue sobre todo la guerra de Esparta, oligarquía de pocos orgullosos de ser pocos, contra Atenas, democracia de pocos que simulaban ser todos.
En el año 404 antes de Cristo, Esparta demolió, con cruel lentitud, al son de las flautas, las murallas de Atenas.
De Atenas, ¿qué quedaba? Quinientos barcos hundidos, ochenta mil muertos de peste, una incontable cantidad de guerreros destripados y una ciudad humillada, llena de mutilados y de locos.
Y la justicia de Atenas condenó a muerte al más justo de sus hombres.
El gran maestro del Ágora, el que perseguía la verdad pensando en voz alta mientras paseaba por la plaza pública, el que había combatido en tres batallas de la guerra recién terminada, fue declarado culpable. Corruptor de la juventud, sentenciaron los jueces, aunque quizá quisieron decir que era culpable de haber amado a Atenas tomándole el pelo, criticándola mucho y adulándola nada.
Olimpíadas
A los griegos les encantaba matarse entre sí, pero además de la guerra practicaban otros deportes.
Competían en la ciudad de OLIMPIA, y mientras las olimpíadas ocurrían, los griegos olvidaban sus guerras por un rato.
Todos desnudos: los corredores, los atletas que arrojaban la jabalina y el disco, los que saltaban, boxeaban, luchaban galopaban o competían cantando. Ninguno llevaba zapatillas de marca, ni camisetas de moda, ni nada que no fuera la propia piel brillosa de ungüentos.
Los campeones no recibían medallas. Ganaban una corona de laurel, unas cuantas tinajas de aceite de oliva, el derecho a comer gratis durante toda la vida y el respeto y la admiración de sus vecinos.
El primer campeón, un tal Korebus, se ganaba la vida trabajando de cocinero, y a eso siguió dedicándose. En la olimpíada inaugural, él corrió más que todos sus rivales y más que los temibles vientos del norte.
Las olimpíadas eran ceremonias de identidad compartida. Haciendo deporte, esos cuerpos decían, sin palabras: Nos odiamos, nos peleamos, pero todos somos griegos.
Y así fue durante mil años, hasta que el cristianismo triunfante prohibió estas paganas desnudeces que ofendían al Señor.
En las olimpíadas griegas nunca participaron las mujeres, los esclavos ni los extranjeros. En la democracia griega, tampoco.
Fuente: Eduardo Galeano