En el lenguaje transparente, valiente y generoso de León XIV en su Magnífica Humanitas que vengo leyendo estos días me encuentro con esta clave que me despierta el sentido, me alegra el alma y me ilumina el pensamiento capaz de satisfacer la búsqueda de la verdad y del bien, objetivo natural que cada día me acompaña.

Efectivamente una de las taras intelectuales y morales que acompañan a muchos hombres de nuestro tiempo, principalmente en los grandes teatros del mundo de la academia, la cultura, el arte y la política es la de considerarse finalmente potenciados y liberados, gracias al conocimiento instantáneo de la IA, de todo límite moral y espiritual que descansara en el pasado lento, reflexivo y fundamentalmente humilde de aquellos hombres, nuestros padres y maestros, que confesaban sin ruborizarse que no sabían, que no entendían, que no podían alcanzar la totalidad de lo que puede conocerse en un mundo cada vez más complicado y difícil de explicar y comprender.

Entre los hombres más desprejuiciados de nuestro tiempo, el futuro científico y técnico es tan prometedor que no corresponde someterse a las creencias y experiencias del pasado. El hombre de la IA es cada vez más autosuficiente y cada vez más potenciado para resolver todo tipo de interrogantes. Finalmente nuestro tiempo se encuentra ya en estado prometeico y nos impulsa a prescindir de padres y maestros que, en buenas cuentas estarían obsoletos en materia de sabiduría y de gracia.

Con su síntesis en dos palabras, frase propuesta por el Pontífice, la autosuficiencia potenciada por la IA, nos está colocando, sin mala intención por supuesto, en una situación de indefensión al no permitirnos pensar, reflexionar, meditar y contrastar por otras vías nuestro conocimiento del mundo, de las personas y del mismo Dios que nos creó inteligentes y libres para que domináramos como señores y no como esclavos a estas nuevas y magníficas herramientas virtuales que vamos descubriendo y ocupando. En la práctica, esto significaría que la IA dejaría obsoletas, de un solo golpe el ejercicio de la inteligencia natural y como consecuencia, de la reflexión moral. Citando a Platón, el Papa nos recuerda que “las cosas más profundas e importantes solo se aprenden con mucho tiempo y esfuerzo comprometiéndose en la discusión con los demás para frotar los conceptos y las experiencias como si fueran pedernal hasta que en nosotros salte la chispa de la comprensión”.

Me temo que estos consejos que vienen desde tan lejos les van a resbalar a muchos hiperquinéticos intelectuales, académicos o parlamentarios de distintas especies que cada día están más faltos de tiempo y sobrados de comunicaciones electrónicas, en ocasiones airadas y maldicientes. Aunque todavía aparecen artistas como Antonio Banderas que comunican su éxtasis contemplativo ante “el hechizo de Dios”, al rememorar su infancia malagueña en las lentas y acompasadas procesiones de la semana santa.

La humildad sigue siendo una virtud indispensable para enfrentar la infinita soberbia que algunos pretenden entronizar en nuestro vapuleado y decadente mundo. La autosuficiencia es ya una presunción. Si se le añade más potencia, el resultado será una catástrofe.

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