A pesar de los obstáculos -y no hay ninguno que no se pueda vencer- las mujeres deben dedicarse a correr. 

Al igual que los hombres, padecen el sedentarismo que crea grasa y en la medida que las mujeres se vuelven más liberadas, también padecen las enfermedades de las ocupaciones que someten a una fuerte tensión, presión sanguínea alta, nerviosismo, ataques cardíacos.

De hecho, la proporción de mujeres con enfermedades cardíacas aumenta dramáticamente, comenta el especialista Bob Glover.

En nuestro país la participación de la mujer es mínima en las actividades deportivas, pero, paradójicamente, la venta de ropa deportiva va en aumento. Lo que pasa -también con algunos varones- es que se usa sólo para ir al supermercado o para mostrarse “in”.

Son pocas las damas que se han dado cuenta, por desconocimiento o poca información, del efecto tranquilizador y relajador de una simple actividad como es el trote. Las características físicas hacen que las corredoras sean diferentes de los corredores. Las investigaciones de los doctores Ernst Van Aaken y Herbert

A. de Vries señalan que el corazón de la mujer es menor que el del hombre, y también tienen los pulmones más pequeños. Tienen más grasa, pero huesos y músculos más pequeños. Generalmente, las mujeres pesan menos que los hombres con la misma estatura, y tienen menos fuerza para impulsar la masa. Son más lentas en distancias cortas.

Pero la mujer tiene más resistencia y tolera mejor el dolor. El doctor Van Aaken cree que “las mujeres nacen con mayor vigor; en cambio, los hombres arrojan pesos a mayor distancia, saltan mayor altura, corren más rápido en tramos cortos. El 40 por ciento del peso del hombre son músculos. En las mujeres, los músculos sólo representan un 23 por ciento; en cambio, tienen más tejido graso hipodérmico y esta es la fuente de energía para un ejercicio de horas de duración”.

A comienzos de siglo, a las mujeres sólo se les permitía golpear una pelota de tenis, o nadar si iban bien tapadas. A las inglesas que se atrevían a correr las llamaban “zorras descaradas”. No fue hasta 1928 en que las mujeres pudieron correr en los Juegos Olímpicos, donde algunas damas no entrenadas se desplomaron al final de la carrera de 800 mts. La carrera fue calificada de “espantosa “. El acontecimiento no se repitió hasta 1960. 

Hoy en día la situación para la mujer es otra, ahora cubren distancias largas al igual que los hombres.

Afortunadamente el despertar femenino de los años sesenta dio fuerzas a las mujeres para luchar por sus derechos, y uno de estos es correr tan lejos y tan rápido como puedan. Una de las supersticiones con la que se enfrentaban las mujeres era que las carreras de fondo las hacía propensas al desarrollo muscular extremo. Chris McKenzie, antigua poseedora del récord mundial de 800 mts., cuando vivía en Inglaterra, decidió demostrar a los oficiales machistas lo equivocados que estaban.

Llegó a una reunión vistiendo sólo un bikini debajo del abrigo y cuando se abordó tema de los músculos, la señora McKenzie se quitó el abrigo y preguntó si ella era demasiado musculosa. Sólo entonces se permitió a las damas correr largas distancias.

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