Café con leche – Max Aub

Empezó a darle vuelta al café con leche con la cucharita. El líquido llegaba al borde, llevado por la violenta acción del utensilio de aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar barato, la cucharilla usada, pastosa de pasado.) Se oía el ruido del metal contra el vidrio. Ris, ris, ris, ris. Y el café con leche dando vueltas y más vueltas, con un hoyo en su centro. Maelström. Yo estaba sentado enfrente. El café estaba lleno. El hombre seguía moviendo y removiendo, inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de adentro. Le miré de tal manera que se creyó en obligación de explicarse: —Todavía no se ha deshecho el azúcar.

Para probármelo dio unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió en seguida con redoblada energía a menear metódicamente el brebaje. Vueltas y más vueltas, sin descanso, y el ruido de la cuchara en el borde del cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, sin parar, eternamente. Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo. Entonces saqué la pistola y disparé.

El canario – Jules Renard

¿Por qué se me ocurriría comprar este pájaro? El pajarero me dijo: «Es un macho. Espere una semana para que se adapte, y cantará». Pero el pájaro se obstina en permanecer callado y lo hace todo al revés. Tan pronto como lleno su comedero, saca los granos con el pico y los lanza a los cuatro vientos. Ato con una cuerda una galleta entre dos barrotes de la jaula. Solo picotea la cuerda. Empuja y golpea la galleta como con un martillo y esta termina por caerse. Se baña en el agua limpia del bebedero y bebe en su bañera. Y defeca indiferentemente en los dos. Debe imaginar que el pastelito es una pasta con la que los pájaros de su especie construyen los nidos y, nada más verlo, se acurruca en él. No ha comprendido aún para qué sirven las hojas de lechuga y solo disfruta haciéndolas añicos. Cuando se le ocurre coger un grano, le cuesta un mundo tragárselo. Lo pasea de un lado al otro del pico, lo aprieta, lo aplasta, y mueve la cabeza como si se tratara de un viejito sin dientes. El terrón de azúcar no le sirve. ¿Es una piedra que sobresale, un balcón, una mesa poco práctica? Prefiere las barras de madera. Tiene dos que se superponen y se cruzan. Me aburre verlo saltar. Se asemeja a la estupidez mecánica de un péndulo que no marca nada. ¿Qué placer obtiene saltando así? ¿Qué necesidad le hace saltar? Si descansa de una aburrida gimnasia agarrado con una pata a la barra que parece estrangular, con la otra busca instintivamente la misma barra.

Tan pronto como se enciende la estufa con la llegada del invierno, cree que es primavera, época de su muda, y se despoja de todas las plumas. La luz de mi lámpara perturba sus noches, desorganiza sus horas de sueño. Se acuesta al atardecer. Dejo que la oscuridad lo envuelva. ¿Sueña quizá? Bruscamente, acerco la lámpara a la jaula. Abre los ojos. ¡Cómo! ¿Ya es de día? Y, rápidamente, comienza de nuevo a agitarse, a bailar, a agujerear una hoja, abre la cola en abanico, despliega las alas. Apago la lámpara y lamento no poder ver su cara estupefacta.

Pronto me canso de este pájaro mudo que solo vive al revés y lo suelto por la ventana… No sabe gozar de la libertad como no sabe vivir en una jaula. Alguien va a cogerlo fácilmente con la mano. ¡Pero que no se le ocurra devolvérmelo! No solo no ofrezco ninguna recompensa por él, sino que juraré que no conozco a ese pájaro.

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