Regina Alfaro

En un momento de ocio creativo Lautaro toma un bolso y comienza a caminar erguido, tirando el poto hacia atrás, la cabeza erguida, con una postura nunca vista en él. – ¿Quién es? Preguntó. La chica Alfaro dijimos varios casi al unísono, el negro soltó esa clara risotada que le caracterizaba, iluminando sus dientes y otorgando un brillo increíble a su mirada. Había sido una espléndida actuación.

He tratado de comprender por qué le teníamos tanta distancia a la profesora de castellano, al punto que hicimos, como curso, una huelga expresamente dedicada en su contra. Porque era exigente, porque nos enseñaba la maravilla de la literatura, porque nos permitió, mediante esas propuestas de lectura anual tener un bagaje literario que en estos días es difícil de encontrar. Porque era seria. He llegado a la convicción que era puro capricho, la choreza de sentirnos capaces de torcerle la nariz a la autoridad en una pelea sin destino.

Si no fuera por la excelencia de su trabajo y del aprendizaje que con ella tuvimos, estas letras y otros libros que he escrito no habrían visto la luz. Nunca en tiempos de estudio mostré las cosas que escribía, ya mas viejón pudimos desarrollar una relación literaria, Hace muy poco en un homenaje a la Pina Acevedo, profesora de historia en esos años compartimos lectura de nuestros poemas. Sin duda un rico encuentro.

Sean estas palabras un reconocimiento a nuestra estupidez colectiva adolescente y a una gran profesora.

El último trago de la noche

¡¡¡No tomo más!!!

“En el espejo de la noche La bruma Que la borrachera levanta a nuestros pasos Parece ser difícil de traspasar” La frase retumbó en todo el largo y ancho del bar, lo escuchó todo el mundo. El anuncio parecía solemne. No tendría por qué dudar que se cumpliría.

Sonaba como promesa de curao-retrucó Pedro- -No tomo más -dijo Matías- Sonaba tan convincente como la última vez que lo había dicho, 48 horas atrás y en este mismo mesón. Parecía ser una buena estrategia para que Ruperto le pusiera otro bigoteado en el vaso. No había pasado un minuto y ya estaba engüergüerándose un tinto. Parece que era cierto, no tomaría más, tampoco menos, siempre lo mismo.

Un Pichuncho

-Por favor, un pichunchito para arreglar el pulso pidió al justo momento de franquear la puerta. Manuel que le conocía ya tenía el vaso puesto, sabía que a esa hora el Rulo llegaría, camino de su trabajo, para componer la caña. No sabía cómo lo hacía se retiraba del tugurio a eso de las tres de la mañana con varias copas demás, sin embargo, igual se las arreglaba para llegar a las ocho y media a su trabajo en la zapatería, que se encontraba en pleno centro, al lado del supermercado de don José Espósito, frente al Hotel Marcano. En menos que canta un gallo consumió esa mezcla de Vermouth, pisco, adornado con una torreja ligera de limón, dejó las monedas en el mesón y partió.

Scroll al inicio