En 1953 un médico danés llamado Allan Jacob Erslev publicó algunos artículos en los que demostraba la capacidad de la eritropoyetina (epo) para incrementar la producción de glóbulos rojos y subir así de forma artificial el hematocrito. Por 1957 el estadounidense Eugene Goldwasser afirmó que la síntesis de la eritropoyetina se producía en el riñón y que regulaba la relación entre el suministro y el consumo de oxígeno en nuestro cuerpo. No sería hasta 1983 cuando un hematólogo nacido en Taiwán, Fu-Kuen Lin, identificase el gen que codifica la epo humana. En un par de años consiguió dar con la clonación y expresión de dicho gen en la bacteria Escherichia coli, y posteriormente hizo lo propio sobre células de mamíferos. A partir de aquí, se trató de un juego de niños crear la llamada epo recombinante humana, o, simplemente, epo. Esta se usaría en pacientes con anemias severas, aprobándose esta posibilidad por la FDA en 1989. Las sospechas cuentan que para ese momento su potencial en el deporte de alta competición ya había sido testado. A partir de entonces, y de manera paulatina, la epo se fue haciendo más y más frecuente, hasta convertirse en una auténtica plaga en récords y marcas. ¿Qué hace la epo con la sangre? Aumenta el porcentaje de glóbulos rojos. ¿Consecuencia? El plasma se espesa tanto que, a veces, no puede pasar por las arterias y se forma un coágulo, el cual no avanza y puede provocar una trombosis. En casos extremos puede sobrevenir la consecuencia fatal. O, dicho de otra forma, el deportista que se la juega con la epo no solamente está haciendo trampas, sino poniendo en serio peligro su vida. Con una particularidad: quien más arriesgue, quien más alto lleve su límite, mejores resultados obtendrá…, pero también estará más expuesto a un accidente cardiovascular. Historias que hablan de tipos levantándose en mitad de la noche para hacer abdominales, para correr por los pasillos de un hotel con el objetivo de activar el riego a fin de evitar que con el descanso la sangre se solidifique en las arterias. Compañeros inertes, pinchazos de madrugada, intervenciones fulgurantes de médicos que han de inyectar suero para deshacer ese fango que les corre por las venas. Durante los Juegos Olímpicos de invierno que se celebraron en Calgary en 1988, la epo circuló de forma secreta, casi clandestina. Funcionaba, y poco hay que hacer si juntas a tipos jóvenes, hambrientos de gloria y dinero, con un medicamento mágico, que hace milagros y es indetectable.

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