Jugar antes que competir

Existe además una dimensión que merece especial atención: el juego. El niño no necesita que le expliquemos inicialmente los beneficios cardiovasculares del ejercicio. Necesita jugar. Correr. Saltar. Rodar. Lanzar. Atrapar. Equivocarse. 

Inventar. Reír. Compartir. El juego es una de las formas más naturales de aproximarse al movimiento. Por eso, una educación física centrada exclusivamente en el rendimiento puede perder algo esencial. Antes de formar campeones, necesitamos formar personas que quieran seguir moviéndose durante toda su vida.

El deporte también puede enseñar a enfrentar la adversidad

Una de las dimensiones más poderosas del deporte aparece cuando la vida deja de ser fácil. Una lesión. Una enfermedad. Un accidente. Una discapacidad. El envejecimiento. Una derrota. La pérdida de capacidades.

En esas circunstancias, el deporte puede convertirse —junto con la medicina, la kinesiología, la psicología, la familia y el apoyo social— en una herramienta de reconstrucción. No porque el deporte pueda resolverlo todo. No puede. Pero puede ofrecer objetivos, rutinas, vínculos, autonomía y una razón para volver a intentarlo.

En la rehabilitación, el movimiento puede dejar de ser simplemente ejercicio. Puede convertirse en un camino de regreso a la vida activa.

El deporte frente al envejecimiento

Hay otra pregunta que debemos hacernos: ¿Qué ocurre cuando dejamos de ser jóvenes? La respuesta no debería ser abandonar el movimiento.

Al contrario. A medida que pasan los años, conservar fuerza, equilibrio, movilidad y capacidad funcional adquiere una importancia cada vez mayor.

El objetivo tampoco tiene que ser “volver a ser joven”.

El objetivo puede ser mucho más realista y profundo: conservar la mayor autonomía posible y seguir participando activamente de la vida.

Caminar. Bailar. Nadar. Andar en bicicleta. Realizar ejercicios de fuerza adaptados. Jugar. Salir al encuentro de otras personas.

Todas estas actividades pueden formar parte de una vida físicamente activa. Porque envejecer no significa dejar de vivir plenamente.

La paradoja de nuestra época

Aquí aparece una contradicción extraordinaria. La humanidad ha desarrollado tecnologías que permiten desplazarnos con menos esfuerzo, trabajar sentados, comunicarnos sin movernos y obtener prácticamente todo sin abandonar nuestra casa.

Hemos reducido muchas de las exigencias físicas de la vida cotidiana. Y, al mismo tiempo, hemos descubierto que nuestro organismo necesita movimiento. Esta es una de las grandes paradojas de la sociedad moderna: hemos conseguido ahorrar movimiento justamente cuando hemos comprendido cuánto lo necesitamos. Por eso, la actividad física ya no puede ser considerada solamente un asunto deportivo. Es también un asunto educativo, sanitario, social y cultural.

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