

Hasta bien entrada la Época Moderna, no era necesario enrevesar mucho las cosas para explicar la vida sobre la faz de la Tierra. Se trataba simplemente de la Creación, tal como nos fue legada hace algo más de cinco mil años. Y si la pulga tiene sus piernas exquisitamente adaptadas para alcanzar 110 veces la aceleración máxima de los transbordadores espaciales y la inmejorable fisiología de la abeja le permite volar el equivalente a dos millones de kilómetros por litro de combustible, era porque Dios había querido dotar a las pulgas de prodigalidad en sus brincos y las abejas en su eficiencia aerodinámica. Se podía discutir cuestiones como si acaso los unicornios habían sido víctima de su propia belleza o de un capricho de arcángeles, pero eso porque la capacidad del Arca de Noé era limitada y daba pie para encajar una que otra extinción por aquí y por allá sin alterar la esencia del modelo: un stock de biodiversidad diseñado de una vez y para siempre por una inteligencia superior, la única forma de explicar seres tan milagrosamente complejos como el ser humano. La primera edición de la Enciclopedia Británica, de 1771, describía al Arca como un barco de madera de ciprés de tres pisos, suficiente para la diversidad animal que no alcanzaba «100 especies de cuadrúpedos, ni 200 de aves». ¿De qué otro modo explicar, por ejemplo, el nivel de sofisticación de nuestro sistema respiratorio, cuya superficie alveolar extendida ocuparía la superficie de una cancha de bádminton?
En 1677, en Oxfordshire, Inglaterra, fue descubierto un hueso extraño. De dimensiones desproporcionadas, no era posible adjudicarlo a ninguna de las especies que por entonces pululaban la Tierra. El Reverendo Robert Plot no tardó en dar con la explicación: se trataba, indudablemente, del extremo superior del fémur de una raza antediluviana de seres humanos gigantes. O de alguna bestia de aquel periodo, en cualquier caso. En la ilustración de la publicación respectiva, el naturalista Richard Brookes la calificó de Scrotum humanum, pues le pareció que su extremo se asemejaba a un par de testículos. Fue la manera que la comunidad científica de la época tuvo para armonizar en su marco conceptual a uno de los primeros fósiles de dinosaurios jamás encontrados. En realidad, pertenecía a un megalosaurus, una bestia de unos 800 kilos de peso que habría hecho de los ancestros propuestos por Plot seres realmente portentosos.
Hubo que esperar hasta el Reino Unido victoriano para sacudir está visión estática de las cosas.
Fuente: Historia Universal Freak