

Zapatillas Corredoras – Rodrigo Ríos Gómez
Me preparo para un trote matinal, recuerdo el día que mis papás llegaron con unas zapatillas de regalo, tenía cinco años, fue en el tiempo donde tomábamos la cuarta comida del día, eran unas zapatillas blancas de lona, mi mamá puso sus dedos sobre mi dedo gordo del pie para ver si quedaban justitas, di unos pasos y listo, hacer pipí y a acostarse.
Las zapatillas quedaron en un lugar visible, de tal manera que, al apagar la luz de la pieza, quedaran iluminadas con la luz proveniente del alumbrado público, la pequeña ampolleta protegida por un gorro de lata similar los que usan los campesinos chinos iluminaba tenuemente el preciado regalo.
Me dormí con los ojos pegados en ellas, en la medida que el sueño se apoderaba de mí, el porte de los cordones crecía, la goma nueva perfumaba el lugar, todo invita a soñar corriendo sobre ellas al día siguiente.
Nos levantamos ese domingo y fuimos al otro lado de la carretera a tomar leche al pie de la vaca, comprar quesillo fresco, pan amasado y huevos, regresamos a tomar desayuno, ni los huevos dos yemas, preparadas por la Matilde, me saco de mi sueño deportivo infantil.
El reposo obligatorio fue eterno, salté del asiento, fui al dormitorio y me puse las zapatillas, solicité el permiso esencial de esos tiempos, ¿puedo salir a la calle?, cuando escuche la respuesta ya estaba afuera.
Me paré justo debajo del poste que iluminó las blancas zapatillas, me concentré, sentía el corazón en la boca, arranque tan fuerte que me sentí despegar, mis piernas se agitaban, hasta que llegue al poste siguiente.
Un grupo de vecinos miraban mis zapatillas nuevas y preguntan – ¿Cómo te salieron las zapatillas? – ¡Corredoras!, siempre me salen corredoras.