

Pasión, pasiones…
Hay muchas pasiones: la del atormentado; la del asceta; la del que busca con ardor inútilmente; la del que ama y continúa sintiéndose solo; y la del hombre sencillamente feliz, como cualquiera.
La pasión de un amor lejano puede inspirar grandes obras, pero no tienen por qué ser menores aquellas que provengan de un amor plenamente compartido.
Se ha dicho muchas veces que si Beatriz hubiese sido la esposa de Dante nunca se hubiera escrito la Divina Comedia.
¿Y no podría pensarse exactamente con el mismo derecho que, en ese supuesto con el mismo hombre y tal vez, la misma mujer, Dante nos hubiera dejado una obra todavía mejor?
Él era capaz de escribirla, pero no sabemos, en verdad, si esa determinada Beatriz, la florentina Beatriz Portinari, hubiera tenido la fuerza para inspirarla una vez que Dante la conociera íntimamente. Pero sí sabemos que hay una Beatriz en cualquier mujer. Y que en cualquier mujer pueden hacer morada todas las mujeres del mundo. Nadie nace genio. Ni predestinado a serlo.
No existe diferencia entre la naturaleza de la inteligencia de un genio y la de un hombre normal.
Las neuronas de un ser humano no son diferentes a las de cualquier otro ser humano, aunque su nombre sea Miguel Ángel, Einstein, Mozart, Aristóteles, Alejandro o Shakespeare.
No hay ningún misterio insondable en la inteligencia del genio. Ni su mente es un santuario que no se pueda violar. Se trata sencillamente de un hombre que ha adquirido la facilidad de relacionar; que, sabiéndolo o sin saberlo, utiliza algún Medio de Relación que le da resultado.
Fuente: La Revolución de la Inteligencia – Luis A. Machado