Reflexión de un niño sobre la vida – Juan Aburto Flores

   Cuando era joven y asistía a la escuela, recuerdo claramente el día en que me hicieron una pregunta que muchos consideraban simple pero que para mí encerraba un profundo significado. Me preguntaron qué quería ser de mayor, y sin dudarlo ni un instante, respondí: “feliz”. Sin embargo, la reacción de mis compañeros y maestros fue de desconcierto. Me dijeron que no comprendía la pregunta, que debía pensar en una profesión o en un título que alcanzar.

Pero yo les respondí con convicción que ellos eran quienes no entendían la esencia de la vida. ¿De qué serviría tener éxito en una carrera profesional si eso no me brindaba felicidad y plenitud? ¿Qué valor tendrían los logros y reconocimientos si sacrificaba mi bienestar emocional y espiritual en el proceso?

   Desde aquel día, me propuse vivir una vida en búsqueda de la felicidad. Comprendí que ser feliz no se trata de una meta lejana, sino de un camino que recorremos día a día. Significa encontrar alegría en las pequeñas cosas, en los momentos compartidos con seres queridos, en la conexión con la naturaleza, en la realización de actividades que nos apasionan y nos hacen sentir vivos.

   A lo largo de los años, he aprendido que la felicidad no depende exclusivamente de circunstancias externas, sino de cómo decidimos percibir y afrontar la vida. He enfrentado desafíos y obstáculos, momentos de tristeza y decepción, pero siempre he buscado la forma de encontrar la luz en la oscuridad, de aprender de las dificultades y de crecer como persona.

Mi respuesta en aquel momento puede haber desconcertado a muchos, pero para mí fue un despertar de conciencia. Entendí que la felicidad es el mayor propósito que podemos perseguir en esta existencia, y que todo lo demás, ya sean logros profesionales, relaciones exitosas o posesiones materiales, adquieren su verdadero valor cuando se enmarcan en un contexto de felicidad genuina.

   Así que, cuando me preguntaron qué quería ser de mayor y respondí “feliz”, no me equivoqué. Por el contrario, sentí en ese instante una conexión profunda con la esencia de la vida y un compromiso conmigo mismo de perseguir la felicidad en cada paso que diera. Y hasta el día de hoy, sigo convencido de que aquel niño que fui entendía una verdad esencial: la verdadera riqueza se encuentra en el gozo de vivir plenamente y en el amor que compartimos con quienes nos rodean.

Basado en Grandes Frases de John Lennon, “Cuando yo tenía cinco años, mi madre siempre me decía que la felicidad es la clave para la vida. Cuando fui a la escuela, me preguntaron qué quería ser cuando fuera grande, escribí feliz……………”.

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