

Dopaje
El dopaje puede ser definido como la utilización de sustancias u otros medios con el fin de aumentar el rendimiento en la competición, que puede entrañar un perjuicio de la ética deportiva y de la salud física del atleta.
Desde hace muchos años las autoridades olímpicas persisten en su cruzada contra el dopaje invocando el valor moral y educativo que atesora el deporte. Las razones por las cuales se condena el dopaje son: la protección de la salud de los deportistas; el juego limpio, entendido como equitativo y carente de engaño, y la integridad y unidad del deporte conforme a sus bienes internos.69 La obsesión por el triunfo —avivada por el dinero, la fama o el éxito— puede incitar a perseguirlo a cualquier precio. El énfasis desenfrenado puesto en vencer puede arruinar la credibilidad moral del deporte. Cuando el fin justifica cualquier medio —deshonesto o injusto— para conseguirlo, el deportista se hace merecedor del oprobio.
Podemos detenernos en la final de los 100 metros de los Juegos Olímpicos de Seúl (1988). Nunca un atleta había quedado fuera del podio con una marca inferior a los diez segundos. El vencedor fue Ben Johnson, que se impuso a su gran rival, Carl Lewis, y superó la plusmarca mundial. Pero su gloria fue efímera, pues el control antidopaje reveló que su éxito era espurio. Aunque se le permitió competir de nuevo, fue suspendido de forma irrevocable cuando reincidió en el consumo de sustancias proscritas. Diez años más tarde achacaba a la codicia, el prestigio y la gloria la razón de haberse dopado: «Así es la sociedad y así es la vida», dijo. Como dice Tamburrini:
Deberíamos hacer todo lo posible para que los atletas (tanto hombres como mujeres), así como otras categorías profesionales, entiendan que existen valores superiores al éxito profesional, la fama y el dinero.
Los deportistas que priorizan los bienes externos (dinero, fama, estatus) en detrimento de los internos merecen nuestra reprobación. En Tras la virtud, MacIntyre afirma que la justicia, la valentía y la honestidad son virtudes esenciales de cualquier práctica —sería el caso de muchos deportes— que contenga bienes internos y modelos de excelencia.
Cuando se absolutiza el éxito pueden tomarse caminos errados. Harold Connolly —medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Melbourne (1956)— dijo: «La inmensa mayoría de los atletas que conozco harían cualquier cosa, salvo matarse, para mejorar su rendimiento atlético». Mientras que un estudio de Bamberger y Yaeger demostró que el 50 % de los atletas internacionales estarían dispuestos a consumir una droga que les garantizara el oro olímpico, aunque ello implicara su muerte al cabo de pocos años. Recordemos la historia que sobre Aquiles nos cuenta la mitología: prefirió una vida breve y gloriosa a una longeva, pero mediocre y gris. Sin embargo, los atletas ya no compiten en busca de la gloria imperecedera de la que nos hablaba Píndaro; lo hacen por motivos prosaicos y materialistas, como el afán lucrativo o el prestigio social. La necesidad imperiosa de ganar —de ser más fuertes, más resistentes o más rápidos— contribuye a que algunos pongan en riesgo su salud, uno de los valores personales y sociales más esenciales.
Fuente: Ética del deporte