

Así que hay clubes con ideología, deportes con ideología, aficiones con ideología, pero federaciones y federativos que se ponen supercontentos cuando escuchan el vil tintineo del metal (del metal peculio, no del metal Iron Maiden). Pero súper, súper. Y todo esto permite que surjan golfadas; picaresca, dicen los finos. Vamos, fichar paisanos para conseguir preseas. Como si fuera un club, pero en modelo nación.
Miren, seamos sinceros: yo aquí podría hablar de los conocidos, de los que destacan. Desde diásporas de un determinado origen que terminan dando gloria a su nuevo país (velocistas jamaicanos en Canadá) hasta la multiculturalidad sobrevenida para antiguas potencias coloniales (Francia, Inglaterra u Holanda). Y eso guay, eso bien, eso lógico, y muestra lo mejor del deporte, y ayuda a tantos porque pone ejemplos.
Pero no. Otras cosas, no. Fichajes puros y duros, peña sin raíces que cambia de bandera. Aquí hablamos, sí, de un problema con el deporte, vale, pero también de un drama humanitario. Por desigualdades, por crueldad… Encaja con esta relación entre «ricos» y «pobres» que venimos viendo.
Destacan los países del Golfo, porque tiene pasta pa aburrirse. Y destacan los atletas africanos, porque el nivel medio es gordísimo, y medianías keniatas son estrellas mundiales (exagerando, no se me echen al cuello). Ojo, Chelimo o Lagat son tan estadounidenses como el Valle del Rift, así que nadie puede mirar a otro lado. Pero es que Bahréin o Qatar resultan menos discretos.
Bahréin. Primer oro olímpico de la historia. Río de Janeiro, año 2016. Prueba: tres mil obstáculos, féminas. Ruth Jebet, keniata de nacimiento. El día antes Eunice Jepkirui Kirwa fue segunda en la Maratón. También keniata, también Bahréin. El botín de preseas para el reino pérsico lo inauguró, en Londres, Maryam Yusuf Jamal, etíope. Joshua Kemei, keniata, se nacionalizó antes que nadie, y después lo hicieron encargado del atletismo bahreiní. Una de sus atribuciones era buscar talento en Kenia… y llevárselo al este. Ofertas, negociaciones, promesas, patrocinios.
Ojo, España no es ejemplo de nada, ¿eh? Son más de cien los deportistas nacionalizados por decreto (escritores y científicos no busquen demasiados). Igual no fichaje puro y duro como lo de Qatar, pero que existe desigualdad con respecto a otros seres humanos pues nadie lo niega. Si el camino normal exige buena conducta, suficiente integración y, sobre todo, paciencia (esta es muy distinta dependiendo del país de origen), estas nacionalizaciones exprés se basan, únicamente, en el correcto desempeño deportivo. Vamos, que igual no sabes decir «un café con leche, por favor», pero juegas bien al básquet y, pum, españolazo. El chico que te iba a poner el café con leche, por cierto, sigue esperando su nacionalización, en este ejemplo tan tramposo que me acabo de inventar.
Y así. No mire para otro lado. Reflexione, piense sobre ello. Intente no caer en la complacencia. Y ahora, dígame: ¿qué le parece?
Fuente: Príncipes y esclavos