

«El lugar de los que siguen el camino de los dioses.» Esto es lo que significa el nombre de Teotihuacán, la más grande, deslumbrante y mágica ciudad precolombina de Mesoamérica. Y aunque su construcción se atribuye a los sangrientos aztecas, lo cierto es que, cuando estos hombres deambulaban por esta gigantesca urbe hecha «a medida de los dioses», sus enormes pirámides llevaban muchos siglos en pie. Ellos la encontraron allí y la ocuparon, pero de sus constructores no sabían nada más que lo que sus leyendas les decían. Y esas tradiciones les obligaban a mirar a las estrellas para encontrar a los arquitectos de una ciudad que, en su momento de esplendor, llegó a estar ocupada por más de 250.000 habitantes. Esto quiere decir que, en el siglo IV, en la época de la Roma de Constantino, Teotihuacán era la más populosa de las ciudades que existían en la faz de la Tierra.
Cuando los aztecas llegaron a Teotihuacán, la encontraron cubierta por una espesa vegetación que casi hacía imposible distinguir nada bajo ella. Pero en cuanto se empezó a despejar de verde toda la planicie —ubicada a cincuenta kilómetros al norte de México D. F.— quedó al descubierto una impresionante ciudadela construida a partir de una avenida central a la que posteriormente se ha llamado Calle de los Muertos, al final de la cual se encontraba la pirámide de la Luna, mientras que a mitad de recorrido se edificó la pirámide del Sol, de 228 metros de lado y 64 de altura, un gigantesco monumento compuesto por dos millones y medio de ladrillos cocidos al sol. Para levantarla, al igual que se descubrió en la gran pirámide de Keops, sus constructores emplearon entre sus medidas el número pi, a pesar de que, oficialmente, dicha constante matemática no fue utilizada en América hasta tiempos relativamente recientes.
Las investigaciones nos obligan a aceptar que los constructores de esta urbe disponían de conocimientos astronómicos muy avanzados, cuando se analizó la orientación de la Calle de los Muertos. Por lógica, y como suele ocurrir en todas las construcciones del pasado, dicha orientación debía ser sur-norte o norte-sur, es decir, que debía seguir las pautas de los puntos cardinales. Sin embargo, los investigadores se encontraron con algo sorprendente. El primero en descubrirlo fue Stansbury Hagar, del Departamento de Etnología del Instituto Brooklyn. Averiguó que existían en torno al eje central de Teotihuacán una serie de alineaciones astronómicas que posteriormente fueron confirmadas por otros estudiosos. Dedujo que, entre otras cosas, los monumentos de esta ciudad reflejaban posiciones orbitales de planetas del sistema solar como Júpiter, Urano, Neptuno o Plutón. El problema es que, cuando esa ciudad fue construida, nadie en el mundo sabía de la existencia de esos planetas, cuyo hallazgo por parte de los astrónomos se produjo mucho después.
La pirámide del Sol es probable que fuera construida para señalar el centro del universo. Nadie ha podido datar la construcción de la ciudad. Eso sí, partiendo de los datos estelares reflejados en la singular distribución de sus principales monumentos, algunos estudiosos han supuesto que puede tener entre tres mil quinientos y seis mil años de antigüedad.
Pero entonces, según la cronología oficial, la civilización apenas se había desarrollado en América. Sin embargo, las alineaciones astronómicas obligan a mirar en esa dirección por mucho que no encontremos referencias exactas de la existencia de un pueblo capaz de semejantes prodigios arquitectónicos.
Fuente: Enigma de las pirámides