Hay culturas que creen más en la palabra que en los papeles. La nuestra pareciera creer más en los papeles, lo que se deduce del temperamento jurídico de nuestra sociedad. El antiguo adagio romano decía: “Verba volant, scripta manent” (las palabras vuelan, los escritos permanecen), pero a pesar de esa connotación temporal, los antiguos eran capaces de apostar a la palabra, tanto como a lo escrito. Hay un cierto vuelo en las palabras que se pierden cuando el sonido se acaba, mientras el papel permanece en el tiempo como señal del espíritu humano que lo dejó impreso.  Lo que vale es la firma, aseguran nuestros tribunos. Lo que no está escrito, firmado y ratificado por contralor público, en definitiva, puede ser desmentido.

    En el ámbito de los negocios, así como en el de las instituciones de distinto orden, somos en nuestro medio sumamente cuidadosos de que todo quede estampado y naturalmente rubricado como corresponde. Contrasta con nuestro estilo y temperamento el de nuestros socios asiáticos. Es común opinión entre los hombres de empresa de Asia que los negocios deben hacerse entre hombres que son capaces de morir por su palabra empeñada. No es necesario poner por escrito, ni citar a testigos, ni recurrir a tribunales para que las cosas se hagan como se han establecido en la conversación. Basta la palabra para que el negocio sea tenido por hecho. Los papeles son burocracia que hay que tolerar por costumbre inveterada. Y es para ellos un verdadero martirio, el tener que soportar nuestra fuerte adicción al papel rubricado. Así era, al menos, cuando conocí a mis pares asiáticos –chinos y japoneses- hace no más de treinta años.

    “Jamás un empresario debe faltar a su palabra”, sentenciaba hace años Don Ernesto Ayala, un patriarca de los empresarios chilenos. En su caso respondía a una fuerte tradición que más que en la moral confuciana, se basaba en la evangélica, que dice a los cristianos, que su palabra sea sí o no, porque todo lo demás es incorrecto. Tomás de Aquino lo resumía en esta sentencia: “Por ser animal sociable, el hombre debe a los demás cuanto sea necesario para la conservación de la sociedad. Ahora bien, no sería posible la convivencia entre los hombres, si no se fiaran entre sí, convencidos de que se dicen mutuamente la verdad. Luego es obligatorio decir siempre la verdad” (II-II, q.109, 3)

    La palabra de un empresario debiera ser más fuerte que la escritura que la recoge. Como debiera ser la palabra de un político, de un maestro, de un padre o de un sacerdote. Porque las palabras son la mente y el corazón del hombre en acción. Son su espíritu de verdad y solidaridad elementales. Como lo es también la palabra del matrimonio pronunciada solemnemente ante la Asamblea que escucha y que valida por sí misma la entrega y el compromiso de por vida. El valor de la palabra no es más fuerte porque se escriba. Más bien se escribe, para ratificar su fortaleza.

    Toda ética profesional debiera estar basada en la calidad moral del hablante y solo la palabra emitida libre y conscientemente debiera ser considerada entre nosotros como garantía suprema del compromiso adquirido. De tal modo que en cualquier profesión -abogado, médico, ingeniero, maestro- la sola palabra debiera bastar para que el derecho pudiera ser exigido y la obligación cumplida. Algunos piensan distinto y actúan en consecuencia. Propongo modificar el axioma: Verba et scripta manent.    

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