

Damos por descontado que el ambiente no es hoy favorable para los hombres buenos, a juzgar por la catarata de increpaciones, acusaciones, disonancias, juicios condenatorios que nos silban todo el día como saetas que buscan impacto en nuestra diana. No te fíes de nadie, no creas a nadie, desconfía, protégete contra las insidias, las calumnias, las vociferantes sospechas de culpa, nos susurran al oído hasta hacernos sentir que vivimos en el peor de los mundos.
Frente a tan destructora avalancha me resisto a pensar que no podamos aspirar a la bondad y me refugio en viejos libros de hombres sabios que vivieron tiempos similares a los nuestros y que tuvieron que enfrentar la lucha absurda, empecinada y ciertamente injusta que dirigían contra los cristianos ya desde el siglo primero muchos de los tribunos de la vieja Roma. Leo a Tertuliano, uno de los más brillantes escritores, sabio, agudo y extraordinario polemista que hacía ver a sus lectores la absurda posición que manifestaban los jurisconsultos imperiales contra los cristianos que lo único que hacían era vivir y predicar el amor, el perdón, la alegría y la fraternidad con todos. Eran hombres buenos.
Lapidario en sus argumentos, Tertuliano escribía: “¿Cómo va a ser malo aquel que no tiene las propiedades de la maldad, como son el temor, la vergüenza, la tergiversación, la pena y el llanto?” Trato de examinarme a mí mismo y a muchos a mi alrededor que no tienen miedo, ni vergüenza, ni mienten, ni odian y vengo a comprobar que un hombre bueno nunca teme, ni se avergüenza de cómo es, porque dispone de una sobredosis de esperanza. No puede perturbarse por sus pensamientos, sus palabras y sus acciones que están a la vista y uso de todos, sin esconder nunca la verdad, ni patrocinar la mentira. Tampoco puede sentir pena ni dolor, si su vida se ajusta a un trabajo arduo y constante por hacer el bien, sin mirar a quien, si está abierto a ayudar desde su precariedad a quien lo necesite y si jamás culpará a otros de sus propios errores, falencias o pecados.
Podemos hacer el test de Tertuliano a nuestra vida cotidiana: Si no tenemos miedo, ni andamos avergonzados, ni falseamos nada, podemos estar seguros de que estamos en camino de ser hombres buenos. También podemos traducir el test a una versión positiva: Si somos valientes, limpios de mente y corazón, promotores de la verdad y del amor, la pena se convertirá en gozo y las lágrimas en perfecta alegría de vivir y convivir. Sencillo de decir, difícil de poner en práctica. No perdemos nada con hacernos el test, sin decírselo a nadie.