

Magno desafío hubiese sido narrar historias de amor por aquel entonces, cuando la vida se propagaba solo por mitosis, o la simple duplicación de individuos. «Y entonces, a la luz tenue del arrebolado atardecer, el apasionado protozoo decidió duplicar su material genético». ¿Qué director de cine asumiría tal reto?
Pero siendo el criterio rector de la vida la propagación de la descendencia, ¿por qué iba a embarcarse en el riesgoso y desaseado asunto del sexo? Después de todo, la reproducción asexuada cumple su función con eficacia prusiana. Provista de suficiente alimento, la bacteria Clostridium perfringens, causante habitual de infecciones intestinales, duplica su población cada diez minutos. Sin depredación ni restricciones alimentarias, una población de un miligramo de peso alcanzaría en 24 horas una masa equivalente 3,7 millones de millones de veces la del planeta Tierra. La reproducción sexual nunca podría alcanzar ritmos como este, de partida porque la población útil —la femenina, como siempre— se reduce de un plumazo a la mitad. Sí, en términos espermatozoidales un hombre requiere de meras 50 eyaculaciones para duplicar la población mundial, pero tal exuberancia es inútil sin un vientre materno dispuesto a recibirlos. En segundo lugar, porque se debe lidiar con el desafío de buscar, encontrar y ser aceptado por una pareja apta, asunto que puede constituir un desafío mayúsculo en algunos casos: para el calamar de aguas profundas Octopoteuthis deletron es tan difícil encontrar un compañero en las oscuras soledades de su hábitat, que no pierde oportunidad y se aparea con todos los ejemplares que se le pasan por el frente, ya sean estos hembras o machos.
La respuesta parece estar en las ventajas evolutivas que concede el rebarajamiento de genes de la reproducción sexual. Estos cambalaches aceleran la variabilidad de las especies y con ello su capacidad de adaptación. Como sea, los representantes de esta estrategia nos hemos tomado en serio esto de recurrir al sexo para cumplir con nuestra responsabilidad en la preservación de la especie. El pool de maniobras elaboradas a lo largo de los años es de lo más variopinto: desde el pene desechable de la babosa Chromodoris reticulata que sacrifica tras cada cópula para regenerarlo después, pasando por los «dardos de amor» del calamar Moroteuthis ingens —paquetes de esperma que lanza a la hembra y que la fecundan penetrando su piel— o el pene cuádruple del equidna de hocico largo, hasta la reproducción por violación forzada del chinche de las camas. Todo vale en el juego de la reproducción sexual. Incluso se da el caso que el sonido más fuerte de todo el Reino Animal en relación con su tamaño es el que produce el insecto Micronecta scholtzi al frotar su pene contra su abdomen. Son 99,2 decibeles, equivalente a escuchar a una orquesta sentado en primera fila. Muy impresionante, si bien de discutible eficacia reproductiva.
Tan poderoso es este impulso, que los hombres experimentan erecciones a partir de las 26 semanas al interior del útero materno. Es como si no pudiese contener las ansias de cumplir el llamado del deber incluso antes de aprender a sostener su cabeza para ir en busca de candidatas.
Por supuesto, siempre hay especies a las cuales estas distinciones les parecen demasiado estrechas para sus intereses. Algunos áfidos se reproducen sexualmente, pero cuando se enfrentan a ambientes cálidos pueden variar a reproducción asexual. Ciertos platelmintos son hermafroditas, capaces de producir esperma y ovarios a la vez, y se ensartan en duras batallas para penetrar la piel del rival con sus penes bífidos: el perdedor es fecundado a través de la piel, y se convierte en la madre. Pero la gran mayoría se ha mantenido fiel a los preceptos más conservadores de la repartija de genes a través del sexo.
Fuente: Historia Universal Freak