

Equeco
Cargadito de rostros, de plumas coloreadas, cargadito de rumbos que miran hacia atrás como a escuela de raíces, o hacia adelante en intrigas vacilantes. Todo está allí como al final de la ventana de un caleidoscopio. Por ejemplo, esa leyenda que acarrea en su espalda y que ahora nos asienta:
Habla Isidro
Aquí te traigo, amor, agüita para tu sed, comida para tu ser. Cruzado he las líneas de defensa. He sido invisible a los lanceros que asedian tu ciudad sitiada. Amor, guárdame tus sueños hasta después de las batallas. Guárdame tus besos que yo guardaré tu vida con estas secretas vituallas.
Cuarenta mil bravos sitian la ciudad que los invasores defienden; pero yo, Isidro Cochehuanca, conozco rutas que solo el amor revela.
Aquí te dejo (se decía como si le hablara a Paulita) esta comidita protegida por el Equeco que dejé en tus manos. Así sabrás como encontrarla y que mi vida nada vale si no la vivo contigo.
Muchas noches, una larga comba en el sendero de la vida, sobrellevó Paulita nutrida por el cariño de su amado, hasta que los bravos renunciaron a tomar la ciudad y el ejército invasor recuperó sus callejuelas polvorientas para instaurar su poderío.
Después de la última batalla el Equeco se alojó para siempre allí. Los nuevos vecinos mutilaron su falo desmesurado como tributo a los dioses ocupantes que empinaron sus casas en lo que fue su territorio.