

**La primera almiranta
La batalla de Salamina culminó cinco siglos antes de Cristo.
Artemisa, primera almiranta de la historia universal, había advertido a Jerjes, rey de Persia: el estrecho de Dardanelos era mal lugar para que las pesadas naves persas combatieran contra los ágiles trirremes griegos.
Jerjes no la escuchó. Pero en plena batalla, cuando su flota estaba sufriendo tremenda paliza, no tuvo más remedio que dejar el mando en manos de Artemisa, y así pudo salvar, al menos, algunos barcos y algo de honra.
Jerjes, avergonzado, reconoció: —Los hombres se han convertido en mujeres, y las mujeres en hombres.
Mientras tanto, lejos de allí, un niño llamado Heródoto cumplía sus primeros cinco años de vida. Tiempo después, él contó esta historia.
**Hatshepsut
Su esplendor y su forma eran divinas, doncella hermosa y floreciente. Así se describió, modestamente, la hija mayor de Tutmosis. Hatshepsut, la que ocupó su trono, guerrera hija de guerrero, decidió llamarse rey y no reina. Porque reinas, mujeres de reyes, había habido otras, pero Hatshepsut era única, la hija del sol, la mandamás, la de veras.
Y este faraón con tetas usó casco y manto de macho y barba de utilería, y dio a Egipto veinte años de prosperidad y gloria.
El sobrinito por ella criado, que de ella había aprendido las artes de la guerra y del buen gobierno, mató su memoria. Él mandó que esa usurpadora del poder masculino fuera borrada de la lista de los faraones, que su nombre y su imagen fueran suprimidos de las pinturas y de las estelas y que fueran demolidas las estatuas que ella había erigido a su propia gloria.
Pero algunas estatuas y algunas inscripciones se salvaron de la purga, y gracias a esa ineficiencia sabemos que sí existió una faraona disfrazada de hombre, la mortal que no quiso morir, la que anunció: Mi halcón vuela hacia la eternidad, más allá de las banderas del reino…
Tres mil cuatrocientos años después, fue encontrada su tumba. Vacía. Dicen que ella estaba en otro lado.
Fuente: Eduardo Galeano