Tengo envidia, lo confieso, de quien puede verter su dolor en lastimeros versos de amor, de quien estalla en dulce esfuerzo.

Tengo envidia de quien clama, ama y se proclama siempre en nombre de dios, de quien tiene la fe que yo nunca tuve.

Envidia de quien se desespera y suicida por alguien que no le correspondía; mientras yo, aunque feliz en la relación más duradera, vivo siempre el último momento, cada día.

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