*Prohibido sentir —¡Oh, figura femenina! ¡Cuán gloriosa eres!

    Hildegarda de Bingen creía que la sangre que mancha es la sangre de la guerra, no la sangre de la menstruación, y abiertamente invitaba a celebrar la felicidad de haber nacido mujer.

    Y en sus obras de medicina y ciencias naturales, únicas en la Europa de su tiempo, se había atrevido a reivindicar el placer femenino en términos insólitos para su tiempo y su iglesia. Con sabiduría sorprendente en una abadesa puritana, de muy estrictas costumbres, virgen entre las vírgenes, Hildegarda afirmó que el placer del amor que arde en la sangre es más sutil y profundo en la mujer que en el hombre: —En la mujer, es comparable al sol y a su dulzura, que delicadamente calienta la tierra y la hace fértil.

    Un siglo antes que Hildegarda, el célebre médico persa llamado Avicena había incluido en su «Canon» una descripción más detallada del orgasmo femenino, a partir del momento en que los ojos de ella empiezan a enrojecer, su respiración se acelera y comienza a balbucear.

    Como el placer era un asunto masculino, las traducciones europeas de la obra de Avicena suprimieron la página.

*El arte de vivir

    En 1986, el Nobel de Medicina fue para Rita Levi Montalcini.

    En tiempos difíciles, durante la dictadura de Mussolini, Rita había estudiado las fibras nerviosas, a escondidas, en un laboratorio improvisado en algún rincón de su casa.

    Años después, tras mucho trabajar, esta tenaz detective de los misterios de la vida descubrió la proteína que se ocupa de multiplicar las células humanas, y recibió el Nobel. Ya rondaba los ochenta años, y decía: —El cuerpo se me arruga, pero el cerebro no. Cuando sea incapaz de pensar, solo quiero que me ayuden a morir con dignidad.

Fuente: Eduardo Galeano

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