

Visitamos dos museos atípicos Oslo, la capital de los nuevos ricos del norte. Ambos tienen algo en común, la limitación terráquea de los hombres representados en “El Grito” de Munch y el espectacular paseo de las estatuas del hombre desde su nacimiento a su extinción en la muerte, obra de un genio del cincel en la piedra y de la modelación en el bronce. Dos imponentes museos, uno encerrado en un grandioso edificio de cristal y otro en una avenida de jardines al estilo Versalles. Obra de geniales arquitectos, escultores y pintores – los más grandes que ha producido esta nación vieja en el tiempo y nueva en su asombrosa prosperidad y pacífica convivencia, ya muy lejos de sus antepasados navegantes, guerreros y mercaderes vikingos.
El museo de Munch, de siete plantas, ocupa toda su obra pictórica capitaneada por el célebre grito de un hombre asediado por el miedo y el terror de ser atrapado en un puente. Su gran boca abierta produce la sensación del aullido de angustia de un hombre o tal vez de un pueblo. Toda la producción del pintor noruego es un despliegue trepidante de tonos oscuros, rostros impenetrables, trazos de pintura que reflejan, entre otros, el mundo confuso de los hombres parecidos a gusanos, los mostachos de Nietzsche o los erizados pelos de desconocidos obscuros.
El museo abierto de las estatuas es un alarde de progresiva grandeza expresada en el cuerpo humano, cien veces reproducido desde la infancia hasta la ancianidad, realizando portentosas esculturas de piedra que van creciendo a lo largo de la avenida, para rematar en un monumental amasijo de cuerpos muertos retorcidos en un túmulo final que no deja espacio a la esperanza. La vida del hombre empieza en la cuna y termina en la tumba. Ese es el mensaje. Nada más.
Una viajera de nuestro grupo se desploma tomando una foto al último de los monumentos. Lamentablemente se golpea la cara y se rompe la cadera. Tal vez una señal imprevista de la turbulenta exposición de hombres y mujeres de piedra y bronce. Para fortuna de ella es asistida con increíble rapidez y eficiencia.
Mi reflexión final ante tales monumentos es desconcertante. En uno de los países más hermosos de la tierra, con un mar y montañas de esplendidos colores, el aire más limpio de la tierra, lleno de árboles “plantados por la mano del Amado” como diría san Juan de la Cruz, no ofrece, artísticamente hablando, un destino más halagüeño que el grito del miedo, del terror y la angustia y la fatalidad de la vida sin más sentido que la extinción final en la muerte. No me extraña cuando me dicen que por estos lados la religión escasea y la esperanza, también. Es un país con alto porcentaje de suicidios.
Ahítos de riqueza, pero deficientes de perspectiva espiritual y trascendente. Es la paradoja escandinava.