

“¿Pueden tantos eruditos estar equivocados sobre la naturaleza y la conducta femenina?”
Desde que tengo uso de razón, he debido escuchar que las mujeres somos criaturas de intelecto limitado, débiles e impuras. No soy la única, pero hasta donde yo sé, sí soy la primera que toma su pluma en defensa de mi sexo para rebelarme contra un discurso lleno de prejuicios y falsedades. Lo podemos leer en el Evangelio, en la carta que San Pablo escribió a los Corintios: “Que las mujeres callen en las asambleas, pues no les está permitido hablar; más bien, que se sometan, como dice la ley. Si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues es indecoroso que las mujeres hablen en la asamblea”.
Me llamo Christine de Pizan y he dedicado mi vida a combatir la violencia y la injusta opresión que sufrimos las mujeres desde hace siglos, sustentada en prejuicios morales y biológicos que nos colocan en un lugar secundario de la Creación, por debajo del hombre y sometidas a él. Ahora ya, a los 54 años, vivo retirada en el convento de Poissy, al oeste de París. Nací en Venecia en 1364, hija de Tommaso da Pizzano, un médico y sabio boloñés que fue consejero del Carlos V de Francia.
Tuve una infancia feliz y privilegiada porque mi padre, hombre de mente abierta, decidió educarme junto a mis hermanos varones Paolo y Aghinolfo, en contra de la opinión de nuestra madre, que creía (o más bien le habían hacer creer) que no merecía la pena perder el tiempo intentando cultivar a las mujeres como ella o yo. Aprendí a leer y a escribir, recibí lecciones de historia, filosofía o medicina y tuve acceso a la inmensa biblioteca real del rey de Francia en el palacio del Louvre.
Pero al leer las obras de tan ilustres varones me resultaba casi imposible encontrar un texto, fuera cual fuera su autor o su materia, que no contuviera algún párrafo vejatorio para las mujeres. Así, no podía acabar una lectura sobre medicina sin topar con la afirmación de que las mujeres tenemos “un defecto natural del intelecto”, descubrir en los versos de Petrarca que “la mujer es un ser frágil”, cambiante, inquieto, lleno de quejas y temores, o que “su juicio no puede mantenerse firme”, como aseveraba Boccaccio.
Todas estas sentencias de boca de los hombres más ilustres de la historia aguijoneaban a menudo mi mente. ¿Pueden tantos juiciosos eruditos —que han destacado en todos los campos del saber— estar equivocados sobre la naturaleza y la conducta femenina? Yo que he nacido mujer, ¿compartía esos grandes defectos con las demás mujeres del mundo, incluida mi madre, que sin duda pensaba igual que todos ellos?
Pensé también en las grandes mujeres que he tenido la fortuna de frecuentar, princesas y damas de alcurnia, pero también mujeres de mediana y pequeña condición, con las que he intercambiado toda clase de secretos e intimidades. Fruto de todo ello, concluí que, contra toda la evidencia que parece haber sido acumulada durante siglos, el testimonio reunido de tantos hombres sabios está equivocado.
Si fuera habitual mandar a las niñas a la escuela y enseñarles, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y las sutilezas de todas las artes y las ciencias tan bien como los hombres. El frágil destino de las mujeres está condicionado por esta falsa creencia que nos somete a los hombres. Nadie puede negar que sufrimos la violencia y la opresión de los hombres que deciden por completo sobre nuestras vidas, cuando debemos casarnos, con quién, cómo debemos comportarnos y qué trabajos podemos desempeñar.
Fuente: Historia NG