

- Otra aventura de la inmortalidad
Mauí, el fundador de las islas de la Polinesia, nació mitad hombre y mitad dios, como Gilgamesh.
Su mitad divina obligó al sol, que andaba muy apurado, a caminar lentamente por el cielo, y pescó con anzuelo las islas, Nueva Zelanda, Hawai, Tahití, y una tras otra las izó, desde el fondo de la mar, y las puso donde están.
Pero su mitad humana lo condenaba a muerte. Mauí lo sabía, y sus hazañas no lo ayudaban a olvidar.
En busca de Hiñe, la diosa de la muerte, viajó al mundo subterráneo. Y la encontró: inmensa, dormida en la niebla. Parecía un templo.
Sus rodillas alzadas formaban un arco sobre la puerta escondida de su cuerpo.
Para conquistar la inmortalidad, había que meterse entero en la muerte, atravesarla toda y salir por su boca.
Ante la puerta, que era un gran tajo entreabierto, Mauí dejó caer sus ropas y sus armas. Y entró, desnudo, y se deslizó, poquito a poco, a lo largo del camino de húmeda y ardiente oscuridad que sus pasos iban abriendo en las profundidades de la diosa.
Pero a mitad del viaje cantaron los pájaros, y ella despertó, y sintió a Mauí excavando sus adentros. Y nunca más lo dejó salir.
- De lágrimas somos
Antes de que Egipto fuera Egipto, el sol creó el cielo y las aves que lo vuelan y creó el río Nilo y los peces que lo andan y dio vida verde a sus negras orillas, que se poblaron de plantas y de animales.
Entonces el sol, el hacedor de la vida, se sentó a contemplar su obra.
El sol sintió la profunda respiración del mundo recién nacido, que se abría ante sus ojos, y escuchó sus primeras voces.
Tanta hermosura dolía. Las lágrimas del sol cayeron en tierra y se hicieron barro. Y ese barro se hizo gente.
- Nilo
El Nilo obedecía al faraón. Era él quien abría paso a las inundaciones que devolvían a Egipto, año tras año, su fertilidad asombrosa. Después de la muerte, también: cuando el primer rayo del sol se colaba por una rendija en la tumba del faraón, y le encendía la cara, la tierra daba tres cosechas.
Así era. Ya no.
De los siete brazos del delta, quedan dos, y de los ciclos sagrados de la fertilidad, que ya no son ciclos ni son sagrados, solamente quedan los antiguos himnos de alabanza al río más largo del mundo: Tú apagas la sed de todos los rebaños. Tú bebes las lágrimas de todos los ojos. ¡Levántate, Nilo, que tu voz retumbe! ¡Que se escuche tu voz!
Fuente: Eduardo Galeano