Según los antiguos egipcios, las abejas eran las lágrimas del dios Re. Este origen divino proporcionó a estos pequeños y zumbadores insectos un estatus cuasi divino en la sociedad egipcia. Fueron tan importantes que incluso llegaron a formar parte de uno de los títulos del faraón, el nombre de trono o Nesu-bity, que significa “el del junco y de la abeja”, es decir, “Rey del Alto y el Bajo Egipto”.

    Pero dejando aparte consideraciones religiosa, la importancia de las abejas tuvo que ver principalmente con el hecho de ser las artífices de un producto muy versátil, la miel, que resultaba fundamental para diversos menesteres. Porque a falta de azúcar, que no era conocido en el Egipto faraónico, la gente endulzaba las cosas básicamente con miel. Aunque no solo con miel, puesto que al ser un producto caro no todo el mundo podía permitírselo. Así que las clases bajas normalmente se endulzaban la vida con algarrobas, dátiles, higos y uvas.

    En cambio, para las clases acomodadas, la miel era un producto prestigioso e indispensable para endulzar alimentos como pasteles o panes. De hecho, se ha encontrado miel en abundancia en las tumbas, como en algunas mastabas del Reino Antiguo, en la tumba del noble Menna en Gurna, en la tumba de los nobles Tuya y Yuya o en la de Tutankamón en el Valle de los Reyes, donde se hallaron nada más y nada menos que dos mil vasijas que contenían este preciado manjar.

    Pero ¿cómo lograban los apicultores egipcios obtener la miel? Pues la verdad es que los antiguos egipcios fueron los primeros en inventar un recipiente con una cavidad para criar colonias de abejas, en el caso de Egipto la abeja del Nilo o Apis mellifera lamarckii. Estas colmenas eran tubos cilíndricos de barro mezclado con paja y ceniza, que se apilaban horizontalmente y así se creaban muros de colmenas que podían contener millones de insectos.

    La técnica de fabricación era curiosa. Los egipcios conocían los ciclos de floración a lo largo del curso del Nilo y para aprovecharlos, los apicultores cargaban en grandes barcazas las colmenas, apiladas unas sobre otras, para trasladarlas hasta donde había más flores y allí se detenían. Las abejas entonces salían, polinizaban los campos y recolectaban néctar para producir la miel. Así se aseguraba una producción continuada durante todo el año.

Pero ¿cómo lo sabemos? Hasta nosotros han llegado testimonios de diversos períodos de la historia egipcia que así parecen demostrarlo, como algunos relieves que decoraron el templo solar del faraón Niuserre, de la dinastía V (2494-2345 a.C.), en Abu Gurab, o las pinturas de la tumba del alto funcionario Pabasa, de la dinastía XXVI (664-525 a.C.), en la necrópolis tebana de el-Asasif, que muestra escenas de apicultores trabajando con colmenas cilíndricas.

    También nos han llegado textos sobre el tema, como por ejemplo el escrito por el historiador y naturalista romano Plinio el Viejo, quien muchos siglos después, en el siglo I d.C., narraba en su Historia Natural (Libro XI) cómo los apicultores del Alto Egipto cargaban sus colmenas en barcas y navegaban Nilo abajo, hacia el Delta, siguiendo la floración de las plantas. Aunque también la arqueología ha proporcionado pruebas, como demuestra el hallazgo en Tell el-Daba (la antigua Avaris), en el Delta, de restos de colmenas horizontales de arcilla y paja.

    Otra pregunta pertinente es cómo recogían los apicultores egipcios la miel sin que les picaran las abejas. Al parecer hacían uso del humo para “adormecer” a las abejas y hacerlas menos agresivas. También se cree que para protegerse vestían ligeras túnicas de lino e incluso se cubrían la cara con redes finas o se untaban la piel con aceites y ungüentos. Una vez extraída, la miel se guardaba en recipientes de cerámica que se sellaban con tapones de barro o arcilla y se etiquetaban.

Fuente: Historia NG

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