

Si me dan a escoger entre salud y enfermedad, riqueza o pobreza, tranquilidad o desasosiego, amigos o enemigos, familia o soledad, optaré siempre por la primera opción. Supongo que mis lectores harían otro tanto. Es lo que conocemos como deseos comunes o proyectos compartidos. Algunos sugieren que se trata de elementales derechos que, naturalmente dependen siempre de la buena voluntad que tengan los que nos preceden en la existencia, desde la familia, la escuela y la sociedad cívica. Si nuestros mayores no se impusieran la obligación de ayudarnos a cumplir nuestros deseos, esos derechos humanos serían solo una aspiración de buena fe.
Desde que nacemos necesitamos que otros se ocupen de que tengamos salud, riqueza, tranquilidad, familia, amigos. Si otros no nos protegen en nuestros primeros años, es muy posible que no alcancemos ni bienes, ni tranquilidad, ni salud, ni amigos. Esta deficiencia y no otra es la que hace que en el mundo haya injusticias, odios, enfermedades y lacerante pobreza. Grandes problemas que abordan quienes deciden por distintas razones dedicarse a la política, buscando por caminos distintos, llevar al mundo a una vida sin enfermedades, sin odios y sin pobreza.
Los creyentes que vivimos en el mismo valle de lágrimas de los que creen no creer, tenemos la convicción de que somos todos llamados a construir en el mundo un “reino de justicia, de amor y de paz”, como tarea en la que comprometemos nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor de cada día. Nada más y nada menos. Hay muchos que, a lo largo de la historia lograron dar respuesta satisfactoria en sus propias vidas y en su entorno a superar la pobreza, enfrentar la enfermedad, apostar por la familia, defender siempre la vida y administrar justicia y solidaridad. Los reconocemos como santos, ya sean de los nuestros o de otras creencias, tradiciones y costumbres. Por un lado se nos anima a saber vivir con austeridad -como pobres de espíritu- y a distribuir bien nuestra posible riqueza, sanar a los enfermos, perdonar las ofensas y dar de comer a los hambrientos.
Recojo una hermosa sentencia en el libro sagrado de los hindúes: “Es difícil ser pobre, sin quejarse o rico, sin ser arrogante”. La sabiduría ancestral nos ayuda hoy a entender nuestros graves problemas de salud, riqueza y pobreza, familia, amistad, sosiego y paz. La dificultad que señala el “Bagavad Gita” solo puede superarse si convencemos a los mayores que enseñen a los pobres niños y adolescentes que, son la familia y la escuela los medios más adecuados para que la riqueza se distribuya y la pobreza se comparta. El día que eso ocurra podremos decir con el evangelio; “Bienaventurados los pobres, los pacíficos y los limpios de corazón”. Tarea para el Yom kipur, el Ramadán o la Cuaresma.