Este mal vicio de quemar, prohibir y cancelar está hoy tan vivo como siempre

En las últimas semanas hemos leído que se quieren retocar las obras de Roald Dahl, que se cambian los textos en algunos libros para encajarlos en determinadas ideas o que se cancela a Harry Potter por algo que ha dicho J.K. Rowling. Antes le tocó a Woody Allen y a otros cuantos. No se puede modificar lo que un escritor ha creado. Ese alguien tiene derecho a leer o no leer lo que el escritor hizo. Tiene derecho a pensar lo que quiera sobre lo que se escribió, y a decirlo. Pero no tiene derecho a modificarlo porque no coincida con sus ideas.

No es tan distinto quemar libros en el 33 en Alemania, de prohibir su publicación en el 43 en Estados Unidos. Y no es todo esto diferente de cancelar a un autor o pedir que retiren sus libros porque sus ideas o su narración no encaja en la visión del mundo de aquellos que son intelectualmente miopes, es decir, que su visión no llega muy lejos, pero tienen fuerza o poder para llevar a cabo esa cancelación.

Los que hoy cancelan caen en la trampa de pensar que los otros se equivocan y ellos tienen razón. Pero todos siempre han estado convencidos de tener razón. Los nazis estaban seguros de que los libros judíos atacaban el corazón de Alemania. Los anticomunistas americanos de que el comunismo era el mal absoluto. Y los censores de hoy están convencidos de que sus motivos son buenos para pedir que se arrinconen y cambien libros (¡y lo consiguen!).

Lo que decía, malditos bastardos.

Fuente: CURISTORIA

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