Sin estos tres motores psíquicos que nos afectan a todos no habría confrontaciones, peleas, ni guerras. Es algo bastante elemental que cualquier buen padre, madre, educador o guía de adolescentes sabe de memoria. Todos ellos reconocen que la tarea de educar es ardua cuando hay que enfrentar a un apasionado, a un ansioso o a un iracundo.

    La pasión es el opuesto a la ponderación en el pensar, sentir y actuar. El que actúa con plena conciencia del posible resultado de sus actos es dueño de sí mismo. El apasionado se deja llevar por el instinto irreflexivo, la intuición emocional o simplemente se confunde con el viento que lo envuelve entre sus pares. Si todos gritan, yo también, si todos protestan, yo también, si todos roban, también yo.

    El ansia suele centrarse en el apetito descontrolado de comer, beber, actuar de inmediato, no tener la paciencia de esperar, ni el detenimiento necesario para pensar, planificar, reflexionar, calibrar o prevenir. La ira es, por último, el total descontrol sobre la palabra, el gesto o la acción violenta que lleva de alguna manera a la posible descalificación o aniquilación del contrario.

    En las distintas guerras más o menos prolongadas y contundentes a las que asistimos con cierta preocupación e incluso con cierta angustia intervienen estos tres motores fuertes en dinamismo, irrefrenables en personalidades violentas que traen consecuencias siempre lamentables. Se trata de observar en la arena del mundo quien es más apasionado, quien más intolerante y en definitiva quien explota mejor la ira. Este tema fue bien tratado literariamente por el inmortal Homero al colocar la ira de Aquiles como el fermento principal de la guerra de Troya. Parece que en Homero hay muchos poetas, muchos psiquiatras y muchos maestros del conocimiento humano en su vertiente menos racional y en su perversión original y originante.

    Una vez más la sabiduría de siglos del Bagavad Gita nos sugiere una explicación racional y certera: “El ansia y la ira concebidas en la pasión son el manantial de todas las maldades y de toda destrucción”.

    El hombre maduro refrena la pasión, domina el ansia y pone bridas a la ira. Logra la ponderación, controla el apetito y refrena la violencia. La buena educación es la domadora de los tres motores instintivos. Tarea para la casa, para la escuela y para el gobierno.

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