Una costumbre higiénica que hoy nos parece impensable.

En el mundo antiguo, la higiene dental era un asunto serio — y a veces sorprendente. Los romanos, conocidos por su cultura refinada, sus acueductos y su arquitectura monumental, tenían una práctica que hoy nos parecería completamente inaceptable: usaban orina humana como enjuague bucal y blanqueador dental.

El secreto estaba en la química. La orina contiene amoníaco, un compuesto que actúa como agente blanqueador y desinfectante. Los romanos, sin conocer la química moderna, habían descubierto empíricamente que frotar los dientes con orina los dejaba más blancos y los mantenía más sanos.

La práctica era tan extendida y tan valorada que existía un comercio organizado en torno a ella. Se recolectaba orina en barriles ubicados en las calles de las ciudades — una práctica que también servía para los tintureros de telas — y luego se vendía a quienes la necesitaban para la higiene personal o para uso industrial.

Lo que resulta aún más asombroso es que la orina más cotizada no era la local, sino la importada. La orina proveniente de Portugal tenía especial fama de ser más efectiva, y se pagaba un precio premium por ella. El comercio era tan lucrativo que el emperador Vespasiano llegó a imponer un impuesto sobre la venta de orina, lo que generó la famosa frase ‘pecunia non olet’ — el dinero no huele.

Esta costumbre no desapareció con la caída de Roma. Perduró durante siglos en distintas culturas europeas, y solo fue abandonada gradualmente con el desarrollo de la química moderna y la aparición de los primeros dentífricos comerciales en el siglo XIX.

DATO DESTACADO

El emperador Vespasiano impuso un impuesto sobre la venta de orina. Cuando su hijo lo criticó, le acercó una moneda a la nariz y le dijo: ‘pecunia non olet’ — el dinero no huele –

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