Me informo que en mi país de origen, España, hay el doble de perros y gatos caseros que niños entre cero y diecisiete años. Y, solo por comparar el fenómeno inquiero a la IA me diga cómo es el asunto en mi país de residencia y adopción, Chile. Por aquí la proporción es de tres mascotas por cada niño. Si les interesa tener el detalle de perros y gatos debidamente inscritos en uno y otro país, pueden consultarle al sabio oculto en la IA y tendrán el detalle con precisión, al día y por ahora gratis. Como nota adicional, no todas las mascotas están debidamente registradas, como ocurre con los emigrantes ilegales que en ambos países distorsionan las cifras oficiales.

Me informa la prensa ibérica que en la península existe el cargo de Director general de derechos de los animales que ocupa D. José Ramón Becerra, cuyo apellido zoónimo me permite sospechar que para ciertos menesteres exóticos, algunos políticos escogen personas con alguna proximidad lingüística con sus subordinados, llamados antiguamente animales o brutos. Me parece también añadir como simple observación que estos, aparentemente ciudadanos de segunda categoría, – los animales-, vienen a sustituir a los antiguos prisioneros y esclavos que tenían en abundancia, griegos y romanos, según me consta por mis abundantes y enjundiosas lecturas históricas que me ilustran por estos días de jubilación y júbilo.

Aunque ya me he referido en gineserías anteriores al tema que nos ocupa, con diferentes matices, llego a la conclusión de que el mundo avanza hacia una relación cada vez más cordial entre humanos y animales o entre animales y humanos para no herir susceptibilidades de autoridades como la ya citada. Entiendo que ya existe oferta de servicio psicológico para nuestros fieles y acordonados canes. En mis tiempos de profesor de ética veterinaria ya se barruntaban insinuaciones sobre el tema. No sé si los gatos aceptan ser amarrados a su dueño o asistir impávidos a una consulta psiquiátrica. Me declaro en ignorancia supina al respecto.

En mi diario deambular por las calles de mi barrio veo con toda normalidad a decenas y decenas de perros que son sacados al sol o a la sombra por sus queridos dueños que los llevan atados a una cuerda, mientras ellos se ocupan de temas más elevados, consultando sus móviles y deteniéndose a recoger las fecas que los animalitos amarrados van depositando con cierto pudor junto a árboles, matorrales o postes telefónicos.

Efectivamente, la mayoría de los amos cumplen fielmente su obligación, aunque me consta que hay algunos que hacen la vista gorda y dejan en su sitio las deposiciones de sus queridos acompañantes. Doy fe de esta observación.

Como acostumbro a ir pensando, ya que mientras camino me entretiene pensar, se me ocurre que a juzgar por lo que pasa en Chile y España debe ser similar en una buena cantidad de países en el mundo desarrollado en que la ocupación por perros y gatos ha llegado ya a los parlamentos y a los gobiernos hasta el punto de nombrar, en algunos lugares, directores generales de derechos perrunos y gatunos. Sería simpático comprobar que para presentarse a uno de esos cargos hubiera que ostentar al menos un apellido que tenga relación con el oficio, por ejemplo Águila, Cordero, Toro, Vaca, Lobo, León, Gallo, Cuervo. Espero que ninguno de mis lectores que llevan con orgullo alguno de estos ilustres apellidos, se sienta ofendido por mi insinuación o extraña ocurrencia.

También podríamos decir, sin herir a nadie que hoy abundan los países de animales, donde la especie humana va en declive, mientras la animal va en alza. En mi calenturienta imaginación vislumbro que vamos progresando hacia la ley de la selva. O tal vez se trate de suplir a los antiguos esclavos y prisioneros que, por cierto llevaban vida de perros, aunque no sabría decir si los esclavos de antaño eran mejor tratados que las mascotas de hogaño.

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