Dicen que las primeras hostias en un partido de fútbol datan de 1912 en un Liverpool contra el Manchester United. Cuadra perfectamente.

Cuentan, sí, que el término ultra viene de Patrick Hooligan (también escrito como O’Hoolinhan), un irlandés que vivía en el Londres finisecular (finisecular del siglo XIX, claro), un tipo conflictivo, pendenciero, de mal beber y mano fácil. Alguien que, junto a su familia, tenía cierta banda dedicada a robos, contrabando y otras cosas de ese pelaje (sí, dejo que piensen ustedes en los Shelby). Peleas, agresiones, sangre. Scotland Yard abrió un expediente bien grueso sobre O’Hooligan, y la palabra quedó sinonimeando pendencias y esa costumbre tan british (tan del té a las cinco, tan de estirar el dedo meñique) de resolverlo todo a hostias. El mismo Sherlock Holmes (o ese tipo grandote, el de Edimburgo, que escribía sus historias) hablaron de los hooligans.

Digamos que la violencia aparejada al deporte ha existido siempre (repasen lo que dijimos sobre cachurras y similares, por favor), pero el fenómeno ultra tiene una naturaleza propia: en espesor, en número y en visibilidad.

Los hooligans aumentaron dramáticamente su número e impacto a finales de los años setenta y principios de los ochenta del pasado siglo. No fueron pocos quienes vieron la causa en los recortes ultraliberales. Vamos, el thatcherismo, con sus huelgas, sus privatizaciones, su eliminación de sindicatos… Se trataba del caldo de cultivo perfecto para la aparición (o engrosamiento) de grupos organizados que buscaban descargar frustraciones sociales. Y lo hacían de la peor manera posible: a través del alcohol, a través de la violencia. ¿Dónde están los cristianos musculosos cuando se les necesita?

Así, en un contexto de clase baja proveniente de ámbitos urbanos, muchos de ellos jóvenes desempleados, sin apenas formación, los individuos buscaban una reafirmación individual que solo se lograba a través del grupo. Violencia, identidad, refuerzo grupal…, todo ello explica tales comportamientos. Sumen cierto aire marcial (que puede expresarse de forma positiva en la elaboración de tifos o coreografías, y de forma trágica formando emboscadas o ataques casi como si de comandos militares se tratara), identificación política y la propia exaltación que provoca asistir a un acontecimiento deportivo y…

El problema es que esa forma de «diversión», ese aire lúdico en la manifestación violenta, fue tomado como lo normal por amplios espectros de la sociedad durante años. Hablando de Inglaterra, solo las tragedias de Heysel y Hillsborough (39 y 97 muertos, respectivamente) hicieron repensar esa particular manifestación psicosocial. El surgimiento de la Premier League traía causa, entre otras razones, de dejar olvidados esos capítulos turbios.

El fenómeno hooligan es propio de todas las opciones ideológicas, además. Esta no es una historia de buenos contra malos, de izquierdas contra derechas, sino de pérfidos contra infames. El equipo de Sarajevo tiene a su horde zla (‘horda del mal’), grupo ultra que se alistó masivamente en las milicias bosnias musulmanas. El Hajduk Split croata posee a su torcida split, que hizo lo propio con el Ejército de ese país. El Dinamo de Zagreb, por su parte, llegó a cambiar su nombre (dinamo es una expresión de origen soviético, identificada con las asociaciones deportivas comunistas) primero por el de HŠK Građanski (equipo desaparecido a finales de la Segunda Guerra Mundial) y, más tarde, por el evidente Croacia de Zagreb, y fue presidido por Franco Tudjman, líder de la Croacia independiente y un tipo con una cosmovisión del mundo un pelín racista, por decirlo de forma suave. Los hinchas se hacen llamar Bad Blue Boys (BBB) y fueron parte importantísima, por lo simbólico, en el nacionalismo croata de fines de los ochenta y principios de los noventa. Huelga decir que con el tiempo se integraron por miles en tropas paramilitares durante la guerra.

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